A Jorge M. Taverna Irigoyen por la confianza, por la nobleza, por la amistad.
Epígrafe.
“Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta...
Hablad por mis palabras y mi sangre.”
Pablo Neruda
Hablad por mis palabras y mi sangre.”
Pablo Neruda
Presentación: Jorge Arbeleche (Uruguay)
Por Jorge Arbeleche (Montevideo-Uruguay)
Premio Nacional de Poesía
Miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay.
Norma Segades - Manias nos entrega en su Bitácora del viento, un monumento- con aire catedralicio- al lenguaje poético y al sin fin de sus posibilidades. Recorre la historia de la conquista de América de norte a sur, a manos de los aventureros históricos, a quienes despoja de todo hálito heroico. La desgarradora historia aquí no se nos cuenta, sino que se la canta, con una insuperable voz de contralto; ella va hilando, hecho tras hecho y personaje tras personaje, una poderosa cantata, donde la voz de la coreuta solista, recrea todos los pasajes de esta epopeya en clave lírica. El lenguaje se despliega en todo su esplendor a través de imágenes portentosas y metáforas de elevado aliento, donde el endecasílabo, natural o metamorfoseado hace gala de su sonoridad y rítmica.
Este es un canto mayor a la libertad y a la historia de nuestro continente, partiendo de raíces donde reside el Mito y en el cual se escuchan los ecos de las profecías bíblicas.
Toda ella es una obra mayor diseñada por una orfebre del lenguaje poético que logra con la historia y a través de sus acontecimientos, transmitirnos una visión renovada y cruel de la misma, donde los horrores descritos se conjugan con la plenitud de la lengua de la poesía.
Premio Nacional de Poesía
Miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay.
Norma Segades - Manias nos entrega en su Bitácora del viento, un monumento- con aire catedralicio- al lenguaje poético y al sin fin de sus posibilidades. Recorre la historia de la conquista de América de norte a sur, a manos de los aventureros históricos, a quienes despoja de todo hálito heroico. La desgarradora historia aquí no se nos cuenta, sino que se la canta, con una insuperable voz de contralto; ella va hilando, hecho tras hecho y personaje tras personaje, una poderosa cantata, donde la voz de la coreuta solista, recrea todos los pasajes de esta epopeya en clave lírica. El lenguaje se despliega en todo su esplendor a través de imágenes portentosas y metáforas de elevado aliento, donde el endecasílabo, natural o metamorfoseado hace gala de su sonoridad y rítmica.
Este es un canto mayor a la libertad y a la historia de nuestro continente, partiendo de raíces donde reside el Mito y en el cual se escuchan los ecos de las profecías bíblicas.
Toda ella es una obra mayor diseñada por una orfebre del lenguaje poético que logra con la historia y a través de sus acontecimientos, transmitirnos una visión renovada y cruel de la misma, donde los horrores descritos se conjugan con la plenitud de la lengua de la poesía.
Palabras bautismales.
A orillas de la nada,
durante la inquietud de los presagios,
vagaron densas hordas de tinieblas desplegando una esencia inescrutable urdida en los telares de la noche por arcángeles ciegos.
De pronto,
la palabra
estalló en lo profundo del abismo.
Desnudos silabarios encendieron los hachones flamígeros del alba
y derrotaron huecos en jauría con su aliento de fuego.
El cosmos fue distancia.
Alzó la arquitectura del oxígeno rotundos arbotantes que erizaron nervaduras de agrestes transparencias
hasta alcanzar las altas soledades
más allá de los truenos.
Se reunieron las aguas en una antología de frescura
que estrelló la obediencia de su espuma contra la voluntad del arrecife
donde el tenaz asedio del oleaje golpeaba a contrafreno.
El mundo fue ordenado según el albedrío de la magia.
Geografías de arcilla contundente surgieron desde el fondo de la ausencia ocultando
en compactos corredores
sus gérmenes secretos.
Estatuyó la hoguera el susurro nacido de sí mismo.
Los rituales quemantes de la vida escanciaron
a fuerza de reflejos
el mosto primitivo de los soles desde alambiques negros
mientras la luna andaba su intemperie de escarcha cenicienta
entre constelaciones infinitas laceradas por ráfagas de eclipses
antes que naufragaran las lloviznas sobre el musgo sediento.
Después reptó la escama bajo el regazo roto de las ciénagas
y en el advenimiento de los saurios
detonaron membranas las anteras
poblando los recodos de la tarde con vestigios de helechos.
Hubo un rumor de alas
horadando las vastas lejanías hacia la inmensidad del horizonte
que paría los signos del crepúsculo entre los muslos tensos.
Derrotó la memoria el torpe cautiverio de la greda
expulsando los músculos precarios, la osamenta, los coágulos fugaces,
la obstinada nostalgia de un destino
a espaldas del silencio.
Bajo la sexta lámpara
la piel nacida inauguró los pactos,
esa alianza de luz acantilada donde las hierbas propagaban tréboles y el sonoro lenguaje de los pájaros taladraba el sosiego.
Crecía la esperanza entre las madrigueras vegetales.
No existían fronteras, patrimonios, amarras, inventarios, apetencias.
Todo era una implacable mansedumbre en la orilla del tiempo.
La Tierra Prometida.
En la consumación de las arenas
ese extraño espejismo inalcanzable fraguado por descalzas inocencias
celebraba los días del origen.
Entonces, llegó el viento.
Destierro a la esperanza.
De cómo fue que la sangre aventurera de los hijos de Castilla hacinábase en los puertos presta a embarcar con rumbo a lo desconocido, en las postrimerías del año 1493.
Los mesones del puerto son malsanos,
huelen a herrumbre,
a sal,
cebolla
y humo;
son total abandono,
una impudicia,
la esencia cruel del hambre y de sus llagas.
Ellas están aquí.
Lo sabe el cielo
y los ojos del aire
y el olvido
y los dedos del odio y los puñales
y la traición lo sabe
y la distancia.
Están aquí;
desnudas,
decididas,
arrojadas al mundo,
cadavéricas.
Su tumba las espera en cualquier sitio:
una esquina,
una calle,
una nostalgia,
una selva extraviada en sus enigmas,
altivas cordilleras,
fiebres secas,
lujurias implacables,
borracheras,
naufragios,
ambiciones,
asonadas...
Desterradas de todas las ternuras
nada piden ni dan,
pues nada queda
dentro del hosco corazón perdido
entre aullidos de sangre empalizada.
Están aquí;
estatura de silencio,
la escoria de los muelles.
las prohibidas,
las que ya no poseen,
ni siquiera,
una hilacha de honor,
una esperanza.
Aprendieron,
a golpe de tormentos,
que la vida y la muerte son
apenas
el límite sutil donde los filos
beben la luz antigua en que se embriagan,
que la tierra no alcanza para todos
y la pobreza hereda la pobreza
y el cepo
y el repudio de la estirpe
y la peste que eriza sus mortajas.
Han renunciado a todos sus paisajes,
los del alma y la piel,
los de los sueños.
Sólo el luctuoso canto del océano
las convoca,
las nombra,
las abraza.
Desterradas están,
las fugitivas,
las que en el alba elevarán las velas
hacia su propio infierno,
hacia el insomnio
con que inician los miedos sus proclamas.
Al alba partirán,
sin despedirse,
las mesnadas de harapos iracundos,
cargando al hombro sus vergüenzas acres,
condenadas al mar,
las condenadas.
Los mesones del puerto son malsanos,
huelen a herrumbre,
a sal,
cebolla
y humo;
son total abandono,
una impudicia,
la esencia cruel del hambre y de sus llagas.
Ellas están aquí.
Lo sabe el cielo
y los ojos del aire
y el olvido
y los dedos del odio y los puñales
y la traición lo sabe
y la distancia.
Están aquí;
desnudas,
decididas,
arrojadas al mundo,
cadavéricas.
Su tumba las espera en cualquier sitio:
una esquina,
una calle,
una nostalgia,
una selva extraviada en sus enigmas,
altivas cordilleras,
fiebres secas,
lujurias implacables,
borracheras,
naufragios,
ambiciones,
asonadas...
Desterradas de todas las ternuras
nada piden ni dan,
pues nada queda
dentro del hosco corazón perdido
entre aullidos de sangre empalizada.
Están aquí;
estatura de silencio,
la escoria de los muelles.
las prohibidas,
las que ya no poseen,
ni siquiera,
una hilacha de honor,
una esperanza.
Aprendieron,
a golpe de tormentos,
que la vida y la muerte son
apenas
el límite sutil donde los filos
beben la luz antigua en que se embriagan,
que la tierra no alcanza para todos
y la pobreza hereda la pobreza
y el cepo
y el repudio de la estirpe
y la peste que eriza sus mortajas.
Han renunciado a todos sus paisajes,
los del alma y la piel,
los de los sueños.
Sólo el luctuoso canto del océano
las convoca,
las nombra,
las abraza.
Desterradas están,
las fugitivas,
las que en el alba elevarán las velas
hacia su propio infierno,
hacia el insomnio
con que inician los miedos sus proclamas.
Al alba partirán,
sin despedirse,
las mesnadas de harapos iracundos,
cargando al hombro sus vergüenzas acres,
condenadas al mar,
las condenadas.
Presagio.
Canto de sombra por los duros presagios que preocupan el rostro de nuestro muy amado Moctezuma Señor de los aztecas.
Es el tiempo del tiempo de la octava gavilla cuando
en hordas salvajes
los heraldos del miedo escrutan los helados caminos de la sombra entre los vendavales nocturnos como lobos
revierten las pisadas del Dios de los Destierros
labran a pura náusea su azul itinerario.
El tiempo de las llagas
de augustas satrapías balbuceando plegarias que sofoquen hogueras de lenguas impiadosas
de los rabos del rayo desamarrando furias
sobre los chapiteles de los templos ungidos al Dios de las Batallas
sin lluvias ni tronidos ni aullidos desbocados.
Es el tiempo del agua
de la hondura que encrespa sus entrañas bravías
con olas como muros
derrotando abatiendo las riberas inermes
en un aire tan puro que el prodigio no cesa de pulsar los asombros
en un aire tan quieto que se quedan los ojos suspendidos del llanto.
El tiempo de la brisa arrastrando en su seno
los lamentos perdidos
el dolor a destajo de la madre convulsa
(la plañidera insomne de los días sin tregua y las noches con garras)
que deambula demente
que implora por sus hijos sin encontrar refugio para tanto calvario.
Es el tiempo del ave con cimeras de azogue habitando el silencio
revelando regiones de astros a la deriva y mastelejos de odio
de los demonios blancos montando sobre bestias en gran tropel de muerte
del viento advenedizo
parido por las vulvas siniestras del espanto.
El tiempo de la niebla siseando en la llanura
del humo antropomorfo trepando los barrancos
reptando como sierpes de escamas ominosas
repletos de ponzoña los colmillos letales
cuando las piedras hablan con sus bocas de piedra
y no quedan auroras ni quedan calendarios
solamente las naves
solamente las proas escarneciendo oleajes en las mares lejanas
solamente corceles piafando en las corolas las esporas de helechos los musgos empapados.
Es el advenimiento del Gran Dios Quetzalcoatl.
Bajo el sol inclemente callan todos los pájaros.
Es el tiempo del tiempo de la octava gavilla cuando
en hordas salvajes
los heraldos del miedo escrutan los helados caminos de la sombra entre los vendavales nocturnos como lobos
revierten las pisadas del Dios de los Destierros
labran a pura náusea su azul itinerario.
El tiempo de las llagas
de augustas satrapías balbuceando plegarias que sofoquen hogueras de lenguas impiadosas
de los rabos del rayo desamarrando furias
sobre los chapiteles de los templos ungidos al Dios de las Batallas
sin lluvias ni tronidos ni aullidos desbocados.
Es el tiempo del agua
de la hondura que encrespa sus entrañas bravías
con olas como muros
derrotando abatiendo las riberas inermes
en un aire tan puro que el prodigio no cesa de pulsar los asombros
en un aire tan quieto que se quedan los ojos suspendidos del llanto.
El tiempo de la brisa arrastrando en su seno
los lamentos perdidos
el dolor a destajo de la madre convulsa
(la plañidera insomne de los días sin tregua y las noches con garras)
que deambula demente
que implora por sus hijos sin encontrar refugio para tanto calvario.
Es el tiempo del ave con cimeras de azogue habitando el silencio
revelando regiones de astros a la deriva y mastelejos de odio
de los demonios blancos montando sobre bestias en gran tropel de muerte
del viento advenedizo
parido por las vulvas siniestras del espanto.
El tiempo de la niebla siseando en la llanura
del humo antropomorfo trepando los barrancos
reptando como sierpes de escamas ominosas
repletos de ponzoña los colmillos letales
cuando las piedras hablan con sus bocas de piedra
y no quedan auroras ni quedan calendarios
solamente las naves
solamente las proas escarneciendo oleajes en las mares lejanas
solamente corceles piafando en las corolas las esporas de helechos los musgos empapados.
Es el advenimiento del Gran Dios Quetzalcoatl.
Bajo el sol inclemente callan todos los pájaros.
Un miedo inexorable.
De cómo fue que el miedo hacía presa del espíritu de los navegantes mientras cruzaban el océano en la oscura bodega de los barcos que los conducían a un continente desconocido.
La muerte castellana es seca,
hirsuta.
Tan aciago es su nombre,
tan sacrílego,
que cercena los péndulos furtivos
con la injuria sutil de su semblante.
Pero avanzan,
sin pausa,
los navíos.
Cargan a bordo un horizonte ciego
que disputa,
a mandobles,
con la suerte,
su compacta ración de soledades.
Desde altos plenilunios,
las miradas
perfilan el desvelo de su sombra
cerca del espolón,
junto a la espuma,
en el advenimiento del oleaje.
Es el ángel de sal,
que acaso ha sido
compañero de todos los naufragios,
un polizón de horror,
con el destino
extraviado entre piélagos salvajes,
un espectro viscoso,
un dios equívoco
que desnuca arañadas pesadillas,
que se funda en bodegas,
en rincones
y jarcias
y maromas
y velámenes.
Al trasgo del misterio,
se parece
y se parece,
un poco,
a la nodriza
de senos descarnados
que amamanta
los últimos alientos de la sangre.
Conjuga el magma vertical del odio,
las fiebres insolentes,
los relámpagos,
adelgaza colmillos de escorbuto,
siniestros,
ilusorios,
viscerales.
Blasfema vaticinios,
predicciones
que la locura,
como loba hidrófoba,
acompasa a sus lúgubres jadeos
desde el cubil infecto de las fauces;
ramifica susurros,
confidencias,
negras apostasías,
amenazas,
abismos contundentes,
clandestinos,
largos pulsos de pena en los puñales;
desenvaina recelos,
arrecifes;
emancipa rumores purulentos,
mientras sucede un sol crepusculario
a hurtadillas de mapas
y sextantes.
Y el mar es tempestuoso
y no hay regreso
y andan,
los nautas,
con su vida a cuestas,
dentro de un miedo azul,
un miedo cósmico,
un miedo torrencial,
inexorable.
La muerte castellana es seca,
hirsuta.
Tan aciago es su nombre,
tan sacrílego,
que cercena los péndulos furtivos
con la injuria sutil de su semblante.
Pero avanzan,
sin pausa,
los navíos.
Cargan a bordo un horizonte ciego
que disputa,
a mandobles,
con la suerte,
su compacta ración de soledades.
Desde altos plenilunios,
las miradas
perfilan el desvelo de su sombra
cerca del espolón,
junto a la espuma,
en el advenimiento del oleaje.
Es el ángel de sal,
que acaso ha sido
compañero de todos los naufragios,
un polizón de horror,
con el destino
extraviado entre piélagos salvajes,
un espectro viscoso,
un dios equívoco
que desnuca arañadas pesadillas,
que se funda en bodegas,
en rincones
y jarcias
y maromas
y velámenes.
Al trasgo del misterio,
se parece
y se parece,
un poco,
a la nodriza
de senos descarnados
que amamanta
los últimos alientos de la sangre.
Conjuga el magma vertical del odio,
las fiebres insolentes,
los relámpagos,
adelgaza colmillos de escorbuto,
siniestros,
ilusorios,
viscerales.
Blasfema vaticinios,
predicciones
que la locura,
como loba hidrófoba,
acompasa a sus lúgubres jadeos
desde el cubil infecto de las fauces;
ramifica susurros,
confidencias,
negras apostasías,
amenazas,
abismos contundentes,
clandestinos,
largos pulsos de pena en los puñales;
desenvaina recelos,
arrecifes;
emancipa rumores purulentos,
mientras sucede un sol crepusculario
a hurtadillas de mapas
y sextantes.
Y el mar es tempestuoso
y no hay regreso
y andan,
los nautas,
con su vida a cuestas,
dentro de un miedo azul,
un miedo cósmico,
un miedo torrencial,
inexorable.
Quetzalcoatl.
Canto de luz por el retorno del Gran Dios Quetzalcoatl en extraños navíos a la orilla del mar de los aztecas.
Mucho más adelante de la arena sumisa
que acarician que lamen las ternuras oceánicas
bajo un cielo que escancia su calostro de luna
las yeguas del espanto cabalgan en la angustia de ojos a contrasueño
vaticinando siglos de injurias desolladas y traiciones sin tregua.
Cuculkan – Quetzalcoatl
la Serpiente con Plumas que gobierna los vientos
empuña los presagios como si fuesen fiebres sedientas de venganza
como si fuesen hoces decapitando ruegos en riberas de ultraje
como si fuesen puños como si fuesen picos como si fuesen crestas
mientras el escarmiento ruge entre las mazorcas se deleita a hurtadillas
mientras andan los miedos trepándose al instinto
y un resplandor fugaz desbarata las sombras para poblar el llanto
tal vez porque comprende que los dioses son crueles desde el odio a las fauces babeantes y sangrientas.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Amo de la Liturgia que obstruye inexorable las jícaras de piedra a golpes de tributo
que derrama espesuras de hebras apasionadas donde aún pulsa la vida
todavía profunda
todavía ligada a su lujuria roja
todavía perfecta
con séquito de furias viene a tensar distancias
viene a alzar en el aire su azul cosmogonía:
un vendaval de cruces que vulnera la carne y quebranta los huesos
y profana las voces heredadas del trueno cuando el mundo era
apenas
el alma del rocío encendiendo las hierbas
y el hombre mucho más que esta llaga doliente expiando sus infiernos
mucho más que una pena perseguida entre helechos por dientes asesinos
mucho más que aluviones de orfandades ardientes crepitando en las pieles
y el Dador del Aliento un fantasma sin nombre un ramaje de ausencia.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Protector del Ayuno
Gran Señor del Silencio
ha regresado en busca de la memoria larga que sustentan los fuegos en mitad de la noche
ha regresado en busca del sagrado misterio oculto en las Anáhuac
ha regresado en busca de sus antiguas huellas.
Mucho más adelante de la arena sumisa
que acarician que lamen las ternuras oceánicas
bajo un cielo que escancia su calostro de luna
las yeguas del espanto cabalgan en la angustia de ojos a contrasueño
vaticinando siglos de injurias desolladas y traiciones sin tregua.
Cuculkan – Quetzalcoatl
la Serpiente con Plumas que gobierna los vientos
empuña los presagios como si fuesen fiebres sedientas de venganza
como si fuesen hoces decapitando ruegos en riberas de ultraje
como si fuesen puños como si fuesen picos como si fuesen crestas
mientras el escarmiento ruge entre las mazorcas se deleita a hurtadillas
mientras andan los miedos trepándose al instinto
y un resplandor fugaz desbarata las sombras para poblar el llanto
tal vez porque comprende que los dioses son crueles desde el odio a las fauces babeantes y sangrientas.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Amo de la Liturgia que obstruye inexorable las jícaras de piedra a golpes de tributo
que derrama espesuras de hebras apasionadas donde aún pulsa la vida
todavía profunda
todavía ligada a su lujuria roja
todavía perfecta
con séquito de furias viene a tensar distancias
viene a alzar en el aire su azul cosmogonía:
un vendaval de cruces que vulnera la carne y quebranta los huesos
y profana las voces heredadas del trueno cuando el mundo era
apenas
el alma del rocío encendiendo las hierbas
y el hombre mucho más que esta llaga doliente expiando sus infiernos
mucho más que una pena perseguida entre helechos por dientes asesinos
mucho más que aluviones de orfandades ardientes crepitando en las pieles
y el Dador del Aliento un fantasma sin nombre un ramaje de ausencia.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Protector del Ayuno
Gran Señor del Silencio
ha regresado en busca de la memoria larga que sustentan los fuegos en mitad de la noche
ha regresado en busca del sagrado misterio oculto en las Anáhuac
ha regresado en busca de sus antiguas huellas.
Doncellas para el trueno.
De cómo fue que los caciques de Tabasco ofrendaron doncellas para servicio y deleite de los dioses en estos territorios olvidados del ojo del Señor mientras transcurría la primavera de 1519.
Tabasco:
en sus arenas pululantes
la insolencia se bate en retirada
hacia la entraña verde donde,
el odio,
engendra los rituales y el misterio.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con anuncios
de muerte horizontal,
definitiva,
de colmillos salvajes,
de reptiles,
de crestas,
de aguijones,
de venenos.
Tabasco.
Sucias ciénagas rebeldes,
cóleras homicidas,
solapadas,
atacando sin pausa,
a zarpa y furia,
a cuchillo y dogal,
a sangre y miedo.
Y el sigilo que acecha en las marismas
con enjambre de flechas invasoras,
que cavan desvaríos en la carne,
demencias,
calenturas,
sufrimientos.
Tabasco.
Soledades del agobio,
párpado de agonía,
luz selvática
emboscando morriones desdichados
con sombras largas,
con rencores cruentos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con cimeras,
con altares ilícitos,
con coágulos
y el espanto
- un espanto ejecutorio -
galopando,
a horcajadas,
en el viento.
Tabasco.
Desde el vientre,
los navíos
vomitan sus bestiales criaturas
de crines como llamas,
de pezuñas
piafando sobre el polen indefenso.
Y la derrota gime,
retrocede
hasta el hondo silencio de las máscaras
para entregar,
al fin,
los hilos de oro
trenzados en ajorcas,
vasos,
cuencos,
los mantos de plumajes encendidos,
las doncellas herejes,
de piel suave
de olor desconocido,
de himen sacro,
de ojos como venado
y labios yertos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Nada queda
de tanta altanería,
tanto escrúpulo,
de tanta resistencia insoportable,
de tanta iniquidad,
de tanto asedio.
Bajo este plenilunio interminable
el rocío ha abdicado a la esperanza
y
con su antigua hostilidad terrestre
se arrebuja,
espinoso,
en el desprecio.
Tabasco:
en sus arenas pululantes
la insolencia se bate en retirada
hacia la entraña verde donde,
el odio,
engendra los rituales y el misterio.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con anuncios
de muerte horizontal,
definitiva,
de colmillos salvajes,
de reptiles,
de crestas,
de aguijones,
de venenos.
Tabasco.
Sucias ciénagas rebeldes,
cóleras homicidas,
solapadas,
atacando sin pausa,
a zarpa y furia,
a cuchillo y dogal,
a sangre y miedo.
Y el sigilo que acecha en las marismas
con enjambre de flechas invasoras,
que cavan desvaríos en la carne,
demencias,
calenturas,
sufrimientos.
Tabasco.
Soledades del agobio,
párpado de agonía,
luz selvática
emboscando morriones desdichados
con sombras largas,
con rencores cruentos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con cimeras,
con altares ilícitos,
con coágulos
y el espanto
- un espanto ejecutorio -
galopando,
a horcajadas,
en el viento.
Tabasco.
Desde el vientre,
los navíos
vomitan sus bestiales criaturas
de crines como llamas,
de pezuñas
piafando sobre el polen indefenso.
Y la derrota gime,
retrocede
hasta el hondo silencio de las máscaras
para entregar,
al fin,
los hilos de oro
trenzados en ajorcas,
vasos,
cuencos,
los mantos de plumajes encendidos,
las doncellas herejes,
de piel suave
de olor desconocido,
de himen sacro,
de ojos como venado
y labios yertos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Nada queda
de tanta altanería,
tanto escrúpulo,
de tanta resistencia insoportable,
de tanta iniquidad,
de tanto asedio.
Bajo este plenilunio interminable
el rocío ha abdicado a la esperanza
y
con su antigua hostilidad terrestre
se arrebuja,
espinoso,
en el desprecio.
Malintzín.
Canto de sombra por la princesa Malintzín que traicionó a su raza a cambio de un puñado de caricias.
Malintzín
la traidora
piel de lunas bravías degradada por hordas de besos extranjeros
cabalga junto al viento desciñendo
salvaje
su larga cabellera de demencias prolijas
mientras la noche cae sobre el agua esmeralda sobre espectros de sauces sobre piedras hostiles.
Mientras cae la noche sobre dulces nopales sobre templos sin fuego
y sueña Moctezuma presintiendo los sordos pasos del exterminio
y México es la madre la tierra dolorosa que teme gime llora
que cobija con furia la ansiedad de los hombres temblando en sus raíces.
Malintzín
la traidora
sucia de amores sucios
establece en el tiempo su amor sin horizontes
su trágico destino de repudio encrespado
esboza en la distancia perfiles de patíbulos junto al lecho culpable
funda los precipicios donde el odio despeña la unidad de su estirpe.
Capturada en la urdimbre de jadeos exhaustos de caricias violentas de miradas impuras
permite a la serpiente penetrar sus misterios con vértigo de estambres
y niega los indicios
y oculta que los dioses son un fraude muriente aferrado al encono a resecas matrices a insomnios impiadosos a miedos desbocados
a oscuras pesadillas donde abordan navíos para huir de la peste de miserias y hambrunas de gusanos feroces devorando intestinos
de la amarga pobreza que olfatea sus huellas con los belfos tenaces de tenaces mastines.
Su pecado es amarlo
su imprudencia es amarlo más allá del presagio que ultraja filiaciones de pájaros silvestres
su condena es seguirlo como una loba en celo sin preguntas ni treguas
porque ella es una pena
un gesto apasionado repetido en el viento que agosta los jazmines.
Malintzín
la traidora la infiel la renegada
la que entregó en Tabasco su nombre y su vergüenza
la que arrojó al silencio su sangre en rebeldía su dignidad hirsuta su castidad de espino
alzando silabarios de lenguas amarillas
desnuda
deshonrada
cabalga entre los buitres.
Malintzín
la traidora
piel de lunas bravías degradada por hordas de besos extranjeros
cabalga junto al viento desciñendo
salvaje
su larga cabellera de demencias prolijas
mientras la noche cae sobre el agua esmeralda sobre espectros de sauces sobre piedras hostiles.
Mientras cae la noche sobre dulces nopales sobre templos sin fuego
y sueña Moctezuma presintiendo los sordos pasos del exterminio
y México es la madre la tierra dolorosa que teme gime llora
que cobija con furia la ansiedad de los hombres temblando en sus raíces.
Malintzín
la traidora
sucia de amores sucios
establece en el tiempo su amor sin horizontes
su trágico destino de repudio encrespado
esboza en la distancia perfiles de patíbulos junto al lecho culpable
funda los precipicios donde el odio despeña la unidad de su estirpe.
Capturada en la urdimbre de jadeos exhaustos de caricias violentas de miradas impuras
permite a la serpiente penetrar sus misterios con vértigo de estambres
y niega los indicios
y oculta que los dioses son un fraude muriente aferrado al encono a resecas matrices a insomnios impiadosos a miedos desbocados
a oscuras pesadillas donde abordan navíos para huir de la peste de miserias y hambrunas de gusanos feroces devorando intestinos
de la amarga pobreza que olfatea sus huellas con los belfos tenaces de tenaces mastines.
Su pecado es amarlo
su imprudencia es amarlo más allá del presagio que ultraja filiaciones de pájaros silvestres
su condena es seguirlo como una loba en celo sin preguntas ni treguas
porque ella es una pena
un gesto apasionado repetido en el viento que agosta los jazmines.
Malintzín
la traidora la infiel la renegada
la que entregó en Tabasco su nombre y su vergüenza
la que arrojó al silencio su sangre en rebeldía su dignidad hirsuta su castidad de espino
alzando silabarios de lenguas amarillas
desnuda
deshonrada
cabalga entre los buitres.
Navíos al crepúsculo.
De cómo fue que el Eximo. Señor Fernando Cortés de Monroy evitó que los hombres desertaran de su lado y regresaran a Cuba luego de la fundación de Veracruz.
En Cuba está el refugio,
la memoria,
su identidad de letra amenazante.
En Cuba,
ese paréntesis de patria
sitiado por el mar y las intrigas.
Esta ciudad nació en la tierra firme.
Su nombre es Veracruz.
Aquí,
las naves
presienten miedos ásperos,
los huelen...
Los miedos...
esas sombras confundidas
que reptan el silencio,
que susurran,
que se encienden hambrientos en las dagas
y las lenguas encienden
y tragedias
y encienden la traición
y la falsía.
La serpiente lo sabe.
Su mirada
es seca,
es horadante,
es perentoria,
es un destello azul, esa mirada
que no entiende de amor
ni cobardías,
que no entiende de amor ni de nostalgias,
que no entiende de amor ni de milagros,
que no entiende de amor
o paroxismos
o ternuras
o entregas
o caricias.
Las diez quillas se mueven,
incitantes,
sobre el vientre desnudo del océano,
se alzan
en el follaje de la espuma
y socavan
y ondulan
y agonizan
como si,
golpe a golpe,
copularan
con entrega salvaje.
A contracielo
las diez quillas son hembras combatientes
gimiendo,
entre las sales corrosivas.
Pero deben morir.
En el crepúsculo,
cuando el sol se desangre sobre Méjico,
dentelladas de furias agresoras
morderán sus entrañas,
vengativas.
El viento es una racha tempestuosa
agostando el verdor de los recuerdos.
El viento es inclemente.
Su arrebato
es niebla,
es impiedad,
es avaricia.
El viento es un relámpago demente
renunciando al ayer.
Es un demonio
desterrado en espurios calendarios,
es un látigo,
un rabo de perfidia.
Estandartes de pena,
en los velámenes,
suplican un andrajo de horizonte,
pero el verdugo calla,
el mundo calla...
Deben morir...
para que el viento viva.
En Cuba está el refugio,
la memoria,
su identidad de letra amenazante.
En Cuba,
ese paréntesis de patria
sitiado por el mar y las intrigas.
Esta ciudad nació en la tierra firme.
Su nombre es Veracruz.
Aquí,
las naves
presienten miedos ásperos,
los huelen...
Los miedos...
esas sombras confundidas
que reptan el silencio,
que susurran,
que se encienden hambrientos en las dagas
y las lenguas encienden
y tragedias
y encienden la traición
y la falsía.
La serpiente lo sabe.
Su mirada
es seca,
es horadante,
es perentoria,
es un destello azul, esa mirada
que no entiende de amor
ni cobardías,
que no entiende de amor ni de nostalgias,
que no entiende de amor ni de milagros,
que no entiende de amor
o paroxismos
o ternuras
o entregas
o caricias.
Las diez quillas se mueven,
incitantes,
sobre el vientre desnudo del océano,
se alzan
en el follaje de la espuma
y socavan
y ondulan
y agonizan
como si,
golpe a golpe,
copularan
con entrega salvaje.
A contracielo
las diez quillas son hembras combatientes
gimiendo,
entre las sales corrosivas.
Pero deben morir.
En el crepúsculo,
cuando el sol se desangre sobre Méjico,
dentelladas de furias agresoras
morderán sus entrañas,
vengativas.
El viento es una racha tempestuosa
agostando el verdor de los recuerdos.
El viento es inclemente.
Su arrebato
es niebla,
es impiedad,
es avaricia.
El viento es un relámpago demente
renunciando al ayer.
Es un demonio
desterrado en espurios calendarios,
es un látigo,
un rabo de perfidia.
Estandartes de pena,
en los velámenes,
suplican un andrajo de horizonte,
pero el verdugo calla,
el mundo calla...
Deben morir...
para que el viento viva.
Viento.
Canto de sombra por el silencio de los Protectores ante el paso del viento.
Violentando corolas
como un dolor que crece hasta acallar al trueno que desatan los cascos rotundos de las bestias
como el odio que horada girando en torbellinos hasta engendrar el miedo en úteros de sombra
con sus zarpas voraces y dientes amarillos combatiendo horizontes
un viento exasperado
viento de furias nómades y silbos impiadosos
con gesto de insolencia
destrona las sagradas dinastías del cielo
saquea las palabras que el Gran Huitzilopochtli cincelara en la cuna donde el hombre sucede
quebranta los preceptos fijados en los códices.
Es un viento salvaje
un viento huracanado encendido impetuoso
un viento irreverente enarbolando dogmas de oscura intolerancia
aniquilando el mundo a paso de avaricia
porque no quiere el viento
absolver la inocencia que yace traicionada en su orfandad sin nombre
y avanza inexorable
azotando con rabos de cólera ofensiva la piel de la intemperie
y al ras de sus infiernos numera los escombros las plegarias oscuras
largas lenguas de sangre lamiendo los caminos
los párpados abiertos a la tierra que bebe sus sordos estupores.
El viento comparece con sus hachas de viento con su soplo de espinas
con ráfagas de escarnio merodeando en las ramas para iniciar la ausencia desnuda de los pájaros
y cierta alevosía cierta infame demencia
dejando a sus espaldas chinampas asoladas ciudades en desorden
espesuras secretas cubriendo la deshonra con mantos de ceniza
cordilleras exhaustas de aguzar los peñascos
de excavar precipicios
de alzar amenazantes murallas de relieve
en esas soledades donde sólo las águilas desafían la altura
de erizar rebeliones sin detener al viento llegado del levante
cuando andaba el eclipse urdiendo los presagios de muertes clandestinas y sangre sin amarras
y callaron los gritos de la madre doliente
y callaron las graves voces de los Antiguos
y callaron los fuegos
y callaron los dioses.
Violentando corolas
como un dolor que crece hasta acallar al trueno que desatan los cascos rotundos de las bestias
como el odio que horada girando en torbellinos hasta engendrar el miedo en úteros de sombra
con sus zarpas voraces y dientes amarillos combatiendo horizontes
un viento exasperado
viento de furias nómades y silbos impiadosos
con gesto de insolencia
destrona las sagradas dinastías del cielo
saquea las palabras que el Gran Huitzilopochtli cincelara en la cuna donde el hombre sucede
quebranta los preceptos fijados en los códices.
Es un viento salvaje
un viento huracanado encendido impetuoso
un viento irreverente enarbolando dogmas de oscura intolerancia
aniquilando el mundo a paso de avaricia
porque no quiere el viento
absolver la inocencia que yace traicionada en su orfandad sin nombre
y avanza inexorable
azotando con rabos de cólera ofensiva la piel de la intemperie
y al ras de sus infiernos numera los escombros las plegarias oscuras
largas lenguas de sangre lamiendo los caminos
los párpados abiertos a la tierra que bebe sus sordos estupores.
El viento comparece con sus hachas de viento con su soplo de espinas
con ráfagas de escarnio merodeando en las ramas para iniciar la ausencia desnuda de los pájaros
y cierta alevosía cierta infame demencia
dejando a sus espaldas chinampas asoladas ciudades en desorden
espesuras secretas cubriendo la deshonra con mantos de ceniza
cordilleras exhaustas de aguzar los peñascos
de excavar precipicios
de alzar amenazantes murallas de relieve
en esas soledades donde sólo las águilas desafían la altura
de erizar rebeliones sin detener al viento llegado del levante
cuando andaba el eclipse urdiendo los presagios de muertes clandestinas y sangre sin amarras
y callaron los gritos de la madre doliente
y callaron las graves voces de los Antiguos
y callaron los fuegos
y callaron los dioses.
La ciudad en el lago.
De cómo fue que las pupilas españolas se enfrentaron por vez primera con la ciudad mayor de los aztecas a las orillas del lago Texcoco el 8 de noviembre de 1519.
En su presencia cesa la nostalgia,
el crepúsculo escancia,
despacioso,
una llovizna de frescura agreste
como la esencia espesa del olvido,
se exilia la razón,
sucumbe el miedo,
la espada es un silencio desnucado
que entra a saco en antiguas decepciones
con hordas de estupores adventicios
y ya no alcanza el gesto de un vocablo
para nombrar la luna
hecha insolencia,
el pulso imperceptible de la piedra,
el ardiente desvelo de los grillos,
las corolas,
los míticos plumajes,
leves guiños de luz,
verdes mazorcas,
los olores,
el fuego en las terrazas,
las cimeras solemnes,
los hechizos.
Sólo el viento conoce.
El viento sabe
que hay señales,
hay sueños,
hay presagios
oteando en las estrellas
una estrella
que pronuncie el sangriento veredicto,
el tiempo en que el Señor de las Tinieblas
sale a cazar la vida,
impunemente,
con sus perros de noche,
sus mastines
de morros pestilentes,
asesinos;
el tiempo en que la sangre,
a borbotones,
obstruye cada jícara de cuarzo,
cada acequia que aguarda,
codiciosa,
raciones de feroces sacrificios.
Junto a la hondura sacra del Texcoco
exhibe sus oráculos,
sus templos,
sus cíclicas ofrendas,
sus esfinges,
sus dédalos de urgentes desvaríos.
Ella es Tenochtitlán,
sibila insomne,
ojos de sombra,
garras de obsidiana,
cabellera de polen desgreñado,
arquitectura de águila y solsticio.
El viento la contempla.
El viento.
El viento
borracho de maguey
que embiste,
injusto,
amarrando,
mordiendo,
profanando
centurias de retoños encendidos;
que no tiene piedad,
que avanza,
ciego,
sobre hierbas,
insectos
y fulgores,
sobre cortejo de ayes y sollozos
en el alba,
primera,
del castigo.
En su presencia cesa la nostalgia,
el crepúsculo escancia,
despacioso,
una llovizna de frescura agreste
como la esencia espesa del olvido,
se exilia la razón,
sucumbe el miedo,
la espada es un silencio desnucado
que entra a saco en antiguas decepciones
con hordas de estupores adventicios
y ya no alcanza el gesto de un vocablo
para nombrar la luna
hecha insolencia,
el pulso imperceptible de la piedra,
el ardiente desvelo de los grillos,
las corolas,
los míticos plumajes,
leves guiños de luz,
verdes mazorcas,
los olores,
el fuego en las terrazas,
las cimeras solemnes,
los hechizos.
Sólo el viento conoce.
El viento sabe
que hay señales,
hay sueños,
hay presagios
oteando en las estrellas
una estrella
que pronuncie el sangriento veredicto,
el tiempo en que el Señor de las Tinieblas
sale a cazar la vida,
impunemente,
con sus perros de noche,
sus mastines
de morros pestilentes,
asesinos;
el tiempo en que la sangre,
a borbotones,
obstruye cada jícara de cuarzo,
cada acequia que aguarda,
codiciosa,
raciones de feroces sacrificios.
Junto a la hondura sacra del Texcoco
exhibe sus oráculos,
sus templos,
sus cíclicas ofrendas,
sus esfinges,
sus dédalos de urgentes desvaríos.
Ella es Tenochtitlán,
sibila insomne,
ojos de sombra,
garras de obsidiana,
cabellera de polen desgreñado,
arquitectura de águila y solsticio.
El viento la contempla.
El viento.
El viento
borracho de maguey
que embiste,
injusto,
amarrando,
mordiendo,
profanando
centurias de retoños encendidos;
que no tiene piedad,
que avanza,
ciego,
sobre hierbas,
insectos
y fulgores,
sobre cortejo de ayes y sollozos
en el alba,
primera,
del castigo.
Hombres.
Canto de luz por las zarpas desnudas de la muerte que hurga en los atavíos de metales hasta encontrar la sangre.
La mentira sucumbe entre pieles corruptas estertores violentos pústulas encendidas y fiebres a destajo.
La mentira es un grito
dolores amarillos suplicando una tregua
mendigando clemencia a ese dios en harapos
aferrado a su suerte de maderos rabiosos.
Nada rompe el silencio.
No hay truenos fundadores ni altares consagrados ni expresos vaticinios.
No hay rastros de osadía en la ausencia que crece del musgo amortajado.
Sólo el hombre y su muerte iniciando una danza bajo la luna quieta.
Sólo el hombre y su muerte de talle voluptuoso.
Ya no quedan indicios de soberbia o audacia debajo de los yelmos
ya no quedan señales de espíritu divino entre tanta gangrena.
La poderosa estirpe de quetzales – serpientes
se sumerge en el fango nacido de la sangre que habitaba sus venas desnudas de cerrojos.
Los señores del viento dadores de la vida creadores del follaje
profanaron la augusta techumbre de los cóndores
violentaron las hondas guaridas donde el puma sueña carnes convulsas
mancillaron doncellas con su semen impuro su esperma advenedizo
decretaron el odio
y en el fondo del odio encontraron los secos perfiles de obsidiana
enfrentaron espantos laberintos tinieblas venablos con ponzoña
cóleras aberrantes devorando azucenas
sacrificando cepas de cuerpos enemigos a fuerza de membranas y cansancios viscosos.
La mentira es un llanto olvidado en la hierba
una angustia escarpada
una oscura miseria cubierta por el falso pudor del novilunio
en tiempos en que el aire huele a urgentes fracasos a trágicas derrotas
en tiempos en que el miedo encrespa los azules delirios del insomnio
cuando el ave se inmola contra el filo punzante de espinas en centurias
y claudican las hojas en sus vuelos suicidas sobre duros terrones
y ofrendan las corzuelas sus mansas yugulares a las fauces del rito
y se extinguen los dioses
con las pupilas ciegas abiertas al asombro.
La mentira sucumbe entre pieles corruptas estertores violentos pústulas encendidas y fiebres a destajo.
La mentira es un grito
dolores amarillos suplicando una tregua
mendigando clemencia a ese dios en harapos
aferrado a su suerte de maderos rabiosos.
Nada rompe el silencio.
No hay truenos fundadores ni altares consagrados ni expresos vaticinios.
No hay rastros de osadía en la ausencia que crece del musgo amortajado.
Sólo el hombre y su muerte iniciando una danza bajo la luna quieta.
Sólo el hombre y su muerte de talle voluptuoso.
Ya no quedan indicios de soberbia o audacia debajo de los yelmos
ya no quedan señales de espíritu divino entre tanta gangrena.
La poderosa estirpe de quetzales – serpientes
se sumerge en el fango nacido de la sangre que habitaba sus venas desnudas de cerrojos.
Los señores del viento dadores de la vida creadores del follaje
profanaron la augusta techumbre de los cóndores
violentaron las hondas guaridas donde el puma sueña carnes convulsas
mancillaron doncellas con su semen impuro su esperma advenedizo
decretaron el odio
y en el fondo del odio encontraron los secos perfiles de obsidiana
enfrentaron espantos laberintos tinieblas venablos con ponzoña
cóleras aberrantes devorando azucenas
sacrificando cepas de cuerpos enemigos a fuerza de membranas y cansancios viscosos.
La mentira es un llanto olvidado en la hierba
una angustia escarpada
una oscura miseria cubierta por el falso pudor del novilunio
en tiempos en que el aire huele a urgentes fracasos a trágicas derrotas
en tiempos en que el miedo encrespa los azules delirios del insomnio
cuando el ave se inmola contra el filo punzante de espinas en centurias
y claudican las hojas en sus vuelos suicidas sobre duros terrones
y ofrendan las corzuelas sus mansas yugulares a las fauces del rito
y se extinguen los dioses
con las pupilas ciegas abiertas al asombro.
A través de la estirpe.
De cómo fue que Moctezuma, emperador de Méjico, tuvo sueños premonitorios que auguraban el fin para su pueblo en tiempos del regreso del gran dios Quetzalcoatl.
El musgo fiel no sabe de sus huellas.
Grave,
delgado,
fuerte,
Uei Tlatoami,
Moctezuma,
Señor de los aztecas,
custodio de la estirpe y del idioma.
De pie sobre el tapiz de la terraza
aguarda por el viento,
por el viento
que desanda su exilio,
paso a paso,
desde la luz salvaje de la aurora.
Sus temores lo sueñan,
lo presienten,
lo adivinan,
trizando los capullos.
Es el viento,
con mitra de quetzales,
anudando gavillas de deshonra.
Aguarda por el viento,
funda indicios
de otra constelación
o firmamento
tributo,
ofrenda,
rito o desagravio
que detenga los rabos de la cólera
y aquiete la maldad de la laguna
y silencie el aullido,
el llanto oscuro,
donde el dolor,
con rostros en menguante,
desenmascara oráculos de sombra
y capture las grullas
y quebrante
los penachos de azogue,
los reflejos,
las imágenes de hombres sobre bestias
galopando entre brumas invasoras
y extinga,
en la unidad de la llanura,
- más allá de la aciaga medianoche -
el humo antropomorfo,
el humo urgente,
el humo de presagios y congojas
y suplique a la piedra absoluciones
y detrás del cordón de las Anáhuac,
por abismos de páramos salinos,
devore la matriz de la memoria.
Son,
sus ojos,
bastiones de amargura
que escudriñan señales y sospechas
en esta soledad,
esta vigilia,
esta vergüenza,
al fin,
que lo desborda.
Después de degollar las codornices,
de sahumar sobre el ara y las hogueras,
aguarda por el viento,
es su destino,
su ración de ignominia obligatoria.
Porque ya es tarde.
Demasiado tarde.
No hay piedad,
no hay orgullo,
no hay respuestas.
El viento es Quetzalcoatl.
Quetzalcoatl
y una muerte,
amarilla,
que lo nombra.
El musgo fiel no sabe de sus huellas.
Grave,
delgado,
fuerte,
Uei Tlatoami,
Moctezuma,
Señor de los aztecas,
custodio de la estirpe y del idioma.
De pie sobre el tapiz de la terraza
aguarda por el viento,
por el viento
que desanda su exilio,
paso a paso,
desde la luz salvaje de la aurora.
Sus temores lo sueñan,
lo presienten,
lo adivinan,
trizando los capullos.
Es el viento,
con mitra de quetzales,
anudando gavillas de deshonra.
Aguarda por el viento,
funda indicios
de otra constelación
o firmamento
tributo,
ofrenda,
rito o desagravio
que detenga los rabos de la cólera
y aquiete la maldad de la laguna
y silencie el aullido,
el llanto oscuro,
donde el dolor,
con rostros en menguante,
desenmascara oráculos de sombra
y capture las grullas
y quebrante
los penachos de azogue,
los reflejos,
las imágenes de hombres sobre bestias
galopando entre brumas invasoras
y extinga,
en la unidad de la llanura,
- más allá de la aciaga medianoche -
el humo antropomorfo,
el humo urgente,
el humo de presagios y congojas
y suplique a la piedra absoluciones
y detrás del cordón de las Anáhuac,
por abismos de páramos salinos,
devore la matriz de la memoria.
Son,
sus ojos,
bastiones de amargura
que escudriñan señales y sospechas
en esta soledad,
esta vigilia,
esta vergüenza,
al fin,
que lo desborda.
Después de degollar las codornices,
de sahumar sobre el ara y las hogueras,
aguarda por el viento,
es su destino,
su ración de ignominia obligatoria.
Porque ya es tarde.
Demasiado tarde.
No hay piedad,
no hay orgullo,
no hay respuestas.
El viento es Quetzalcoatl.
Quetzalcoatl
y una muerte,
amarilla,
que lo nombra.
Guijarros impacientes.
De cómo fue que Moctezuma, herido a pedradas por sus súbditos negóse a recibir alimentos hasta fallecer en su palacio mejicano el 30 de junio de 1520.
La tarde se hace prólogo de sombras.
En la humildad piadosa del rocío
hay concilio de intrigas,
como tigres
acoplando su ardor en la espesura.
Es junio.
Bajo su último lunario,
la muerte ha descendido,
apasionada,
con cadalso y puñal,
garrote y pira,
coágulos,
estertores,
mordeduras.
Viene a fundar su tiempo,
su albedrío,
a ocupar un sitial en la gangrena,
a perpetrar saqueos,
represalias,
a ejercer la impiedad de la locura,
a encender el dolor,
la sangre,
el miedo,
las miradas furtivas,
los insomnios,
la mano agazapada,
el exterminio
emboscado en fatídicas liturgias.
Sale a impedir los sueños,
a romperlos,
a golpearlos,
molerlos,
triturarlos,
a recaudar su diezmo de venganza,
pena por pena,
injuria por injuria;
porque es áspera,
infame,
miserable,
se parapeta en dogmas,
se atrinchera,
se amamanta de niebla acantilada,
amartilla el terror de la tortura.
Y ha sublevado al odio,
que no sabe
ni razona
ni piensa
ni presiente
las fauces homicidas,
los incendios,
los rabos de crueldad,
la sed oscura.
Ya ha sublevado una impaciencia amarga
que repudia la voz del elegido:
Emperador del pueblo mejicano
el Señor de las garzas,
Moctezuma.
Él,
que fuera guerrero y sacerdote,
perece aquí,
de ausencia abigarrada,
de guijarros con bordes fratricidas,
de discordia salvaje,
de conjuras.
La muerte lo contempla,
irreverente;
lo ve,
en la plenitud de su agonía,
vaticinando látigos,
martirios,
cadáveres sin prez ni sepultura.
La muerte es una máscara insolente,
solapada,
brutal,
inevitable...
que ha desovado,
sola,
en el silencio,
los torbellinos ciegos de la furia.
La tarde se hace prólogo de sombras.
En la humildad piadosa del rocío
hay concilio de intrigas,
como tigres
acoplando su ardor en la espesura.
Es junio.
Bajo su último lunario,
la muerte ha descendido,
apasionada,
con cadalso y puñal,
garrote y pira,
coágulos,
estertores,
mordeduras.
Viene a fundar su tiempo,
su albedrío,
a ocupar un sitial en la gangrena,
a perpetrar saqueos,
represalias,
a ejercer la impiedad de la locura,
a encender el dolor,
la sangre,
el miedo,
las miradas furtivas,
los insomnios,
la mano agazapada,
el exterminio
emboscado en fatídicas liturgias.
Sale a impedir los sueños,
a romperlos,
a golpearlos,
molerlos,
triturarlos,
a recaudar su diezmo de venganza,
pena por pena,
injuria por injuria;
porque es áspera,
infame,
miserable,
se parapeta en dogmas,
se atrinchera,
se amamanta de niebla acantilada,
amartilla el terror de la tortura.
Y ha sublevado al odio,
que no sabe
ni razona
ni piensa
ni presiente
las fauces homicidas,
los incendios,
los rabos de crueldad,
la sed oscura.
Ya ha sublevado una impaciencia amarga
que repudia la voz del elegido:
Emperador del pueblo mejicano
el Señor de las garzas,
Moctezuma.
Él,
que fuera guerrero y sacerdote,
perece aquí,
de ausencia abigarrada,
de guijarros con bordes fratricidas,
de discordia salvaje,
de conjuras.
La muerte lo contempla,
irreverente;
lo ve,
en la plenitud de su agonía,
vaticinando látigos,
martirios,
cadáveres sin prez ni sepultura.
La muerte es una máscara insolente,
solapada,
brutal,
inevitable...
que ha desovado,
sola,
en el silencio,
los torbellinos ciegos de la furia.
Guerreros.
Canto de luz por los poderosos guerreros que cosechan corolas palpitantes para el hambre del fuego.
Estos son los guerreros
los abastecedores del tributo que exige
el Dios de las Mazorcas y de los Acueductos por donde salta y rueda la pureza del agua
hijos del Desollado Bebedor de la Noche
amantes de conquistas de marchas polvorientas de regresos triunfales.
Su honor es la batalla
su vida es la batalla.
Suyas son de la tierra las flores que entreabren
las corolas de sombra al temblor del rocío
suyos los estertores de la carne yacente
suyos los tristes cantos de pájaros oscuros
suyo el llanto que cae sobre el verde follaje.
Su valor no se mide sino con el peligro sino con la bravura
sino con los trofeos andando su destino de gloria y holocausto
para cuando la noche sofoque antiguos fuegos
para cuando las manos del Sumo Sacerdote restablezcan los pactos a través de la sangre.
Estos son los guerreros,
hermanos de los cóndores
de mirada precisa de pico taladrante de garra encarnizada
hermanos de los tigres que caminan la selva con sigilo armonioso
en busca de gargantas arterias sin sospecha flancos desamparados pieles agonizantes.
La dignidad estalla en las secas insignias izadas a su espalda en augustas cimeras de arrogancia precisa
domina los telares de mullidas texturas
construye los colores de mantos que conservan la memoria del vuelo
agitando en la brisa el plumaje encendido de encendidos quetzales.
No temen al olvido ni temen al silencio.
Embriagados de muerte
se beben el coraje de las copas talladas en cráneos enemigos
hunden sus dentelladas en las vísceras tibias
cumpliendo la liturgia de saquear pulso a pulso la bravura encerrada en el dolor salvaje.
Altiva la mirada
avanzan a pie firme detrás de los escudos que establecen urdimbres de cáñamo prolijo
protegidos por clavas de obsidiana temible
arrojando al vacío sus golpes erizados
honderos prodigiosos
heraldos de la furia
señores del combate.
Estos son los guerreros
los abastecedores del tributo que exige
el Dios de las Mazorcas y de los Acueductos por donde salta y rueda la pureza del agua
hijos del Desollado Bebedor de la Noche
amantes de conquistas de marchas polvorientas de regresos triunfales.
Su honor es la batalla
su vida es la batalla.
Suyas son de la tierra las flores que entreabren
las corolas de sombra al temblor del rocío
suyos los estertores de la carne yacente
suyos los tristes cantos de pájaros oscuros
suyo el llanto que cae sobre el verde follaje.
Su valor no se mide sino con el peligro sino con la bravura
sino con los trofeos andando su destino de gloria y holocausto
para cuando la noche sofoque antiguos fuegos
para cuando las manos del Sumo Sacerdote restablezcan los pactos a través de la sangre.
Estos son los guerreros,
hermanos de los cóndores
de mirada precisa de pico taladrante de garra encarnizada
hermanos de los tigres que caminan la selva con sigilo armonioso
en busca de gargantas arterias sin sospecha flancos desamparados pieles agonizantes.
La dignidad estalla en las secas insignias izadas a su espalda en augustas cimeras de arrogancia precisa
domina los telares de mullidas texturas
construye los colores de mantos que conservan la memoria del vuelo
agitando en la brisa el plumaje encendido de encendidos quetzales.
No temen al olvido ni temen al silencio.
Embriagados de muerte
se beben el coraje de las copas talladas en cráneos enemigos
hunden sus dentelladas en las vísceras tibias
cumpliendo la liturgia de saquear pulso a pulso la bravura encerrada en el dolor salvaje.
Altiva la mirada
avanzan a pie firme detrás de los escudos que establecen urdimbres de cáñamo prolijo
protegidos por clavas de obsidiana temible
arrojando al vacío sus golpes erizados
honderos prodigiosos
heraldos de la furia
señores del combate.
Crímenes en la noche.
De cómo fue que los soldados españoles se vieron obligados a evacuar la ciudad de Méjico siendo perseguidos, capturados y masacrados por los naturales en la lluviosa noche del 30 de junio de 1520.
Porque hay voces de sangre,
hay filos ciegos
en la noche,
en el viento,
en la borrasca
y aluviones anónimos de niebla
conmoviendo el espectro de la lumbre;
desde oscuras terrazas,
las serpientes
exploran los perfiles de la ausencia,
empuñan la traición,
trizan la vida,
agazapan sus cóleras azules.
Cae una lluvia audaz,
ineludible,
sobre cada esperanza desvalida,
cada ascua de ambición,
cada deseo,
cada pecado,
cada esquirla impune.
El mundo es un desorden,
es un caos,
una región de encono amarillenta
donde se engendran ráfagas de infamia
y el estandarte de la fe,
sucumbe.
Porque hay náuseas atroces,
juramentos,
soledades,
delirios a mansalva,
fugas hacia la cepa del silencio,
demencias insepultas y derrumbes;
el miedo se escabulle,
amortajado,
se desliza por calles en sigilo,
se despeña de puentes y terrazas,
se precipita en piélagos de azufre.
No hay nada,
más acá del horizonte.
Nada,
excepto esta huida miserable
amamantando ruegos y estertores
con los odres resecos de sus ubres.
Nada,
excepto las zarpas clericales
aguardando los signos del eclipse
para hender,
con vehemencia de obsidiana,
el lúgubre estupor,
las fiebres lúgubres.
Nada,
excepto el ritual antropofágico,
el corazón latiendo a la intemperie,
los gritos desollados,
el martirio
naufragando en sus pústulas de herrumbre.
Nada,
excepto cadáveres hediondos
de mirada distante,
inalcanzable,
yaciendo en medio de una muerte absurda,
una muerte sin féretros,
sin cruces,
bajo una lluvia eternamente triste,
eternamente pena acompasada,
eternamente repetido llanto
goteando sobre el duelo,
por costumbre.
Porque hay voces de sangre,
hay filos ciegos
en la noche,
en el viento,
en la borrasca
y aluviones anónimos de niebla
conmoviendo el espectro de la lumbre;
desde oscuras terrazas,
las serpientes
exploran los perfiles de la ausencia,
empuñan la traición,
trizan la vida,
agazapan sus cóleras azules.
Cae una lluvia audaz,
ineludible,
sobre cada esperanza desvalida,
cada ascua de ambición,
cada deseo,
cada pecado,
cada esquirla impune.
El mundo es un desorden,
es un caos,
una región de encono amarillenta
donde se engendran ráfagas de infamia
y el estandarte de la fe,
sucumbe.
Porque hay náuseas atroces,
juramentos,
soledades,
delirios a mansalva,
fugas hacia la cepa del silencio,
demencias insepultas y derrumbes;
el miedo se escabulle,
amortajado,
se desliza por calles en sigilo,
se despeña de puentes y terrazas,
se precipita en piélagos de azufre.
No hay nada,
más acá del horizonte.
Nada,
excepto esta huida miserable
amamantando ruegos y estertores
con los odres resecos de sus ubres.
Nada,
excepto las zarpas clericales
aguardando los signos del eclipse
para hender,
con vehemencia de obsidiana,
el lúgubre estupor,
las fiebres lúgubres.
Nada,
excepto el ritual antropofágico,
el corazón latiendo a la intemperie,
los gritos desollados,
el martirio
naufragando en sus pústulas de herrumbre.
Nada,
excepto cadáveres hediondos
de mirada distante,
inalcanzable,
yaciendo en medio de una muerte absurda,
una muerte sin féretros,
sin cruces,
bajo una lluvia eternamente triste,
eternamente pena acompasada,
eternamente repetido llanto
goteando sobre el duelo,
por costumbre.
Tiempo.
Canto de luz por los hombres sagrados que entienden el idioma del tiempo y los eclipses.
Junto a hierbas y orquídeas y humedades de musgo
y tristezas de cantos repitiendo agonías en la orilla del ara
los que saben recitan en el quiché sagrado
las ciencias de la vida de las vegetaciones de los partos celestes
de presagios secretos de ciclos que no cesan.
Los que saben descifran antiguos calendarios donde la luna regla la edad de las simientes
examinan señales que delaten la lluvia o reclamen tributos al Dios de la Desdicha
para que encienda el fuego en los días vacíos
cuando el mundo sucumbe entre hordas de tinieblas
y un sol sin atenuantes se extingue en la mandíbula de espíritus siniestros
que trituran los flancos a secas dentelladas.
Días en que el oráculo marque el fin de los tiempos
días en que se alcen emboscadas sabuesos armaduras espadas
codicias que destrocen el pubis de la selva.
Los que saben cincelan en la piel de los templos las hazañas las voces
la memoria del hombre que habitó cada choza cada rastro en el suelo cada raíz posible
los que saben inscriben los relieves tallados los códices del viento
para que nadie ignore las huellas de esta pena
que desnuca los sueños saquea dinastías incinera la magia desamarra la sangre y libera demonios
las huellas de esta pena que no cabe en las pieles ni cabe en las liturgias
porque vaga entre sombras con su aliento de sombra
con sus manos de sombra sofocando colmenas.
Los que saben registran solsticios equinoccios flagrantes homicidios
como si el mismo cosmos fuera a desmoronarse
sobre cada defensa
como si alguna historia fuera a ser revelada por las ciegas arañas
que cruzan y entrecruzan la urdimbre deslumbrante de sus viscosas hebras.
Los que saben escriben quebrantando las mazas las piedras los cansancios los filos del misterio
antes que llegue el odio
antes que llegue el alba donde mora la muerte
y claudiquen los dioses ante oscuras palabras
injusticias salvajes
desgreñadas tragedias.
Junto a hierbas y orquídeas y humedades de musgo
y tristezas de cantos repitiendo agonías en la orilla del ara
los que saben recitan en el quiché sagrado
las ciencias de la vida de las vegetaciones de los partos celestes
de presagios secretos de ciclos que no cesan.
Los que saben descifran antiguos calendarios donde la luna regla la edad de las simientes
examinan señales que delaten la lluvia o reclamen tributos al Dios de la Desdicha
para que encienda el fuego en los días vacíos
cuando el mundo sucumbe entre hordas de tinieblas
y un sol sin atenuantes se extingue en la mandíbula de espíritus siniestros
que trituran los flancos a secas dentelladas.
Días en que el oráculo marque el fin de los tiempos
días en que se alcen emboscadas sabuesos armaduras espadas
codicias que destrocen el pubis de la selva.
Los que saben cincelan en la piel de los templos las hazañas las voces
la memoria del hombre que habitó cada choza cada rastro en el suelo cada raíz posible
los que saben inscriben los relieves tallados los códices del viento
para que nadie ignore las huellas de esta pena
que desnuca los sueños saquea dinastías incinera la magia desamarra la sangre y libera demonios
las huellas de esta pena que no cabe en las pieles ni cabe en las liturgias
porque vaga entre sombras con su aliento de sombra
con sus manos de sombra sofocando colmenas.
Los que saben registran solsticios equinoccios flagrantes homicidios
como si el mismo cosmos fuera a desmoronarse
sobre cada defensa
como si alguna historia fuera a ser revelada por las ciegas arañas
que cruzan y entrecruzan la urdimbre deslumbrante de sus viscosas hebras.
Los que saben escriben quebrantando las mazas las piedras los cansancios los filos del misterio
antes que llegue el odio
antes que llegue el alba donde mora la muerte
y claudiquen los dioses ante oscuras palabras
injusticias salvajes
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Orden del libro
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▼
2007
(46)
-
▼
septiembre
(46)
- © Norma Segades - Manias Febrero,1997
- Dedicatoria.
- Epígrafe.
- Presentación: Jorge Arbeleche (Uruguay)
- Palabras bautismales.
- Destierro a la esperanza.
- Presagio.
- Un miedo inexorable.
- Quetzalcoatl.
- Doncellas para el trueno.
- Malintzín.
- Navíos al crepúsculo.
- Viento.
- La ciudad en el lago.
- Hombres.
- A través de la estirpe.
- Guijarros impacientes.
- Guerreros.
- Crímenes en la noche.
- Tiempo.
- La cuna del misterio.
- Obsidiana.
- Silencio en los cenotes.
- Orfebres.
- Un reino minucioso.
- Maíz.
- Colmillos clandestinos.
- Bolsas.
- Región de ventisqueros.
- Turbas.
- En el nombre del Padre.
- Castigo.
- Cuando la sombra acecha.
- Dinastía.
- Caxamarca.
- Muro.
- Todo nace a la muerte.
- Vísceras.
- A golpe de puñales.
- Desde el odio insumiso.
- Ciudadela.
- El viento no se rinde.
- Raíces.
- Hijos.
- Apenas una lágrima.
- Órden del libro.
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septiembre
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Música
Acerca de la autora
Exconvento de los Siete Principes - Casa de la Cultura Oaxaqueña (México) 2004
Biobibliografía
Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".