A Jorge M. Taverna Irigoyen por la confianza, por la nobleza, por la amistad.


© Norma Segades - Manias

Febrero,1997

Dedicatoria.

A Jorge M. Taverna Irigoyen por la confianza, por la nobleza, por la amistad.

Epígrafe.

“Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta...
Hablad por mis palabras y mi sangre.”
Pablo Neruda

Presentación: Jorge Arbeleche (Uruguay)

Por Jorge Arbeleche (Montevideo-Uruguay)
Premio Nacional de Poesía
Miembro de la Academia Nacional de Letras del Uruguay.

Norma Segades - Manias nos entrega en su Bitácora del viento, un monumento- con aire catedralicio- al lenguaje poético y al sin fin de sus posibilidades. Recorre la historia de la conquista de América de norte a sur, a manos de los aventureros históricos, a quienes despoja de todo hálito heroico. La desgarradora historia aquí no se nos cuenta, sino que se la canta, con una insuperable voz de contralto; ella va hilando, hecho tras hecho y personaje tras personaje, una poderosa cantata, donde la voz de la coreuta solista, recrea todos los pasajes de esta epopeya en clave lírica. El lenguaje se despliega en todo su esplendor a través de imágenes portentosas y metáforas de elevado aliento, donde el endecasílabo, natural o metamorfoseado hace gala de su sonoridad y rítmica.
Este es un canto mayor a la libertad y a la historia de nuestro continente, partiendo de raíces donde reside el Mito y en el cual se escuchan los ecos de las profecías bíblicas.
Toda ella es una obra mayor diseñada por una orfebre del lenguaje poético que logra con la historia y a través de sus acontecimientos, transmitirnos una visión renovada y cruel de la misma, donde los horrores descritos se conjugan con la plenitud de la lengua de la poesía.

Palabras bautismales.



A orillas de la nada,
durante la inquietud de los presagios,
vagaron densas hordas de tinieblas desplegando una esencia inescrutable urdida en los telares de la noche por arcángeles ciegos.
De pronto,
la palabra
estalló en lo profundo del abismo.
Desnudos silabarios encendieron los hachones flamígeros del alba
y derrotaron huecos en jauría con su aliento de fuego.
El cosmos fue distancia.
Alzó la arquitectura del oxígeno rotundos arbotantes que erizaron nervaduras de agrestes transparencias
hasta alcanzar las altas soledades
más allá de los truenos.
Se reunieron las aguas en una antología de frescura
que estrelló la obediencia de su espuma contra la voluntad del arrecife
donde el tenaz asedio del oleaje golpeaba a contrafreno.
El mundo fue ordenado según el albedrío de la magia.
Geografías de arcilla contundente surgieron desde el fondo de la ausencia ocultando
en compactos corredores
sus gérmenes secretos.
Estatuyó la hoguera el susurro nacido de sí mismo.
Los rituales quemantes de la vida escanciaron
a fuerza de reflejos
el mosto primitivo de los soles desde alambiques negros
mientras la luna andaba su intemperie de escarcha cenicienta
entre constelaciones infinitas laceradas por ráfagas de eclipses
antes que naufragaran las lloviznas sobre el musgo sediento.
Después reptó la escama bajo el regazo roto de las ciénagas
y en el advenimiento de los saurios
detonaron membranas las anteras
poblando los recodos de la tarde con vestigios de helechos.
Hubo un rumor de alas
horadando las vastas lejanías hacia la inmensidad del horizonte
que paría los signos del crepúsculo entre los muslos tensos.
Derrotó la memoria el torpe cautiverio de la greda
expulsando los músculos precarios, la osamenta, los coágulos fugaces,
la obstinada nostalgia de un destino
a espaldas del silencio.
Bajo la sexta lámpara
la piel nacida inauguró los pactos,
esa alianza de luz acantilada donde las hierbas propagaban tréboles y el sonoro lenguaje de los pájaros taladraba el sosiego.
Crecía la esperanza entre las madrigueras vegetales.
No existían fronteras, patrimonios, amarras, inventarios, apetencias.
Todo era una implacable mansedumbre en la orilla del tiempo.
La Tierra Prometida.
En la consumación de las arenas
ese extraño espejismo inalcanzable fraguado por descalzas inocencias
celebraba los días del origen.
Entonces, llegó el viento.

Destierro a la esperanza.

De cómo fue que la sangre aventurera de los hijos de Castilla hacinábase en los puertos presta a embarcar con rumbo a lo desconocido, en las postrimerías del año 1493.

Los mesones del puerto son malsanos,
huelen a herrumbre,
a sal,
cebolla
y humo;
son total abandono,
una impudicia,
la esencia cruel del hambre y de sus llagas.
Ellas están aquí.
Lo sabe el cielo
y los ojos del aire
y el olvido
y los dedos del odio y los puñales
y la traición lo sabe
y la distancia.
Están aquí;
desnudas,
decididas,
arrojadas al mundo,
cadavéricas.
Su tumba las espera en cualquier sitio:
una esquina,
una calle,
una nostalgia,
una selva extraviada en sus enigmas,
altivas cordilleras,
fiebres secas,
lujurias implacables,
borracheras,
naufragios,
ambiciones,
asonadas...
Desterradas de todas las ternuras
nada piden ni dan,
pues nada queda
dentro del hosco corazón perdido
entre aullidos de sangre empalizada.
Están aquí;
estatura de silencio,
la escoria de los muelles.
las prohibidas,
las que ya no poseen,
ni siquiera,
una hilacha de honor,
una esperanza.
Aprendieron,
a golpe de tormentos,
que la vida y la muerte son
apenas
el límite sutil donde los filos
beben la luz antigua en que se embriagan,
que la tierra no alcanza para todos
y la pobreza hereda la pobreza
y el cepo
y el repudio de la estirpe
y la peste que eriza sus mortajas.
Han renunciado a todos sus paisajes,
los del alma y la piel,
los de los sueños.
Sólo el luctuoso canto del océano
las convoca,
las nombra,
las abraza.
Desterradas están,
las fugitivas,
las que en el alba elevarán las velas
hacia su propio infierno,
hacia el insomnio
con que inician los miedos sus proclamas.
Al alba partirán,
sin despedirse,
las mesnadas de harapos iracundos,
cargando al hombro sus vergüenzas acres,
condenadas al mar,
las condenadas.

Presagio.

Canto de sombra por los duros presagios que preocupan el rostro de nuestro muy amado Moctezuma Señor de los aztecas.

Es el tiempo del tiempo de la octava gavilla cuando
en hordas salvajes
los heraldos del miedo escrutan los helados caminos de la sombra entre los vendavales nocturnos como lobos
revierten las pisadas del Dios de los Destierros
labran a pura náusea su azul itinerario.
El tiempo de las llagas
de augustas satrapías balbuceando plegarias que sofoquen hogueras de lenguas impiadosas
de los rabos del rayo desamarrando furias
sobre los chapiteles de los templos ungidos al Dios de las Batallas
sin lluvias ni tronidos ni aullidos desbocados.
Es el tiempo del agua
de la hondura que encrespa sus entrañas bravías
con olas como muros
derrotando abatiendo las riberas inermes
en un aire tan puro que el prodigio no cesa de pulsar los asombros
en un aire tan quieto que se quedan los ojos suspendidos del llanto.
El tiempo de la brisa arrastrando en su seno
los lamentos perdidos
el dolor a destajo de la madre convulsa
(la plañidera insomne de los días sin tregua y las noches con garras)
que deambula demente
que implora por sus hijos sin encontrar refugio para tanto calvario.
Es el tiempo del ave con cimeras de azogue habitando el silencio
revelando regiones de astros a la deriva y mastelejos de odio
de los demonios blancos montando sobre bestias en gran tropel de muerte
del viento advenedizo
parido por las vulvas siniestras del espanto.
El tiempo de la niebla siseando en la llanura
del humo antropomorfo trepando los barrancos
reptando como sierpes de escamas ominosas
repletos de ponzoña los colmillos letales
cuando las piedras hablan con sus bocas de piedra
y no quedan auroras ni quedan calendarios
solamente las naves
solamente las proas escarneciendo oleajes en las mares lejanas
solamente corceles piafando en las corolas las esporas de helechos los musgos empapados.
Es el advenimiento del Gran Dios Quetzalcoatl.
Bajo el sol inclemente callan todos los pájaros.

Un miedo inexorable.

De cómo fue que el miedo hacía presa del espíritu de los navegantes mientras cruzaban el océano en la oscura bodega de los barcos que los conducían a un continente desconocido.

La muerte castellana es seca,
hirsuta.
Tan aciago es su nombre,
tan sacrílego,
que cercena los péndulos furtivos
con la injuria sutil de su semblante.
Pero avanzan,
sin pausa,
los navíos.
Cargan a bordo un horizonte ciego
que disputa,
a mandobles,
con la suerte,
su compacta ración de soledades.
Desde altos plenilunios,
las miradas
perfilan el desvelo de su sombra
cerca del espolón,
junto a la espuma,
en el advenimiento del oleaje.
Es el ángel de sal,
que acaso ha sido
compañero de todos los naufragios,
un polizón de horror,
con el destino
extraviado entre piélagos salvajes,
un espectro viscoso,
un dios equívoco
que desnuca arañadas pesadillas,
que se funda en bodegas,
en rincones
y jarcias
y maromas
y velámenes.
Al trasgo del misterio,
se parece
y se parece,
un poco,
a la nodriza
de senos descarnados
que amamanta
los últimos alientos de la sangre.
Conjuga el magma vertical del odio,
las fiebres insolentes,
los relámpagos,
adelgaza colmillos de escorbuto,
siniestros,
ilusorios,
viscerales.
Blasfema vaticinios,
predicciones
que la locura,
como loba hidrófoba,
acompasa a sus lúgubres jadeos
desde el cubil infecto de las fauces;
ramifica susurros,
confidencias,
negras apostasías,
amenazas,
abismos contundentes,
clandestinos,
largos pulsos de pena en los puñales;
desenvaina recelos,
arrecifes;
emancipa rumores purulentos,
mientras sucede un sol crepusculario
a hurtadillas de mapas
y sextantes.
Y el mar es tempestuoso
y no hay regreso
y andan,
los nautas,
con su vida a cuestas,
dentro de un miedo azul,
un miedo cósmico,
un miedo torrencial,
inexorable.

Quetzalcoatl.

Canto de luz por el retorno del Gran Dios Quetzalcoatl en extraños navíos a la orilla del mar de los aztecas.

Mucho más adelante de la arena sumisa
que acarician que lamen las ternuras oceánicas
bajo un cielo que escancia su calostro de luna
las yeguas del espanto cabalgan en la angustia de ojos a contrasueño
vaticinando siglos de injurias desolladas y traiciones sin tregua.
Cuculkan – Quetzalcoatl
la Serpiente con Plumas que gobierna los vientos
empuña los presagios como si fuesen fiebres sedientas de venganza
como si fuesen hoces decapitando ruegos en riberas de ultraje
como si fuesen puños como si fuesen picos como si fuesen crestas
mientras el escarmiento ruge entre las mazorcas se deleita a hurtadillas
mientras andan los miedos trepándose al instinto
y un resplandor fugaz desbarata las sombras para poblar el llanto
tal vez porque comprende que los dioses son crueles desde el odio a las fauces babeantes y sangrientas.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Amo de la Liturgia que obstruye inexorable las jícaras de piedra a golpes de tributo
que derrama espesuras de hebras apasionadas donde aún pulsa la vida
todavía profunda
todavía ligada a su lujuria roja
todavía perfecta
con séquito de furias viene a tensar distancias
viene a alzar en el aire su azul cosmogonía:
un vendaval de cruces que vulnera la carne y quebranta los huesos
y profana las voces heredadas del trueno cuando el mundo era
apenas
el alma del rocío encendiendo las hierbas
y el hombre mucho más que esta llaga doliente expiando sus infiernos
mucho más que una pena perseguida entre helechos por dientes asesinos
mucho más que aluviones de orfandades ardientes crepitando en las pieles
y el Dador del Aliento un fantasma sin nombre un ramaje de ausencia.
Cuculkan – Quetzalcoatl
Protector del Ayuno
Gran Señor del Silencio
ha regresado en busca de la memoria larga que sustentan los fuegos en mitad de la noche
ha regresado en busca del sagrado misterio oculto en las Anáhuac
ha regresado en busca de sus antiguas huellas.

Doncellas para el trueno.

De cómo fue que los caciques de Tabasco ofrendaron doncellas para servicio y deleite de los dioses en estos territorios olvidados del ojo del Señor mientras transcurría la primavera de 1519.

Tabasco:
en sus arenas pululantes
la insolencia se bate en retirada
hacia la entraña verde donde,
el odio,
engendra los rituales y el misterio.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con anuncios
de muerte horizontal,
definitiva,
de colmillos salvajes,
de reptiles,
de crestas,
de aguijones,
de venenos.
Tabasco.
Sucias ciénagas rebeldes,
cóleras homicidas,
solapadas,
atacando sin pausa,
a zarpa y furia,
a cuchillo y dogal,
a sangre y miedo.
Y el sigilo que acecha en las marismas
con enjambre de flechas invasoras,
que cavan desvaríos en la carne,
demencias,
calenturas,
sufrimientos.
Tabasco.
Soledades del agobio,
párpado de agonía,
luz selvática
emboscando morriones desdichados
con sombras largas,
con rencores cruentos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Con cimeras,
con altares ilícitos,
con coágulos
y el espanto
- un espanto ejecutorio -
galopando,
a horcajadas,
en el viento.
Tabasco.
Desde el vientre,
los navíos
vomitan sus bestiales criaturas
de crines como llamas,
de pezuñas
piafando sobre el polen indefenso.
Y la derrota gime,
retrocede
hasta el hondo silencio de las máscaras
para entregar,
al fin,
los hilos de oro
trenzados en ajorcas,
vasos,
cuencos,
los mantos de plumajes encendidos,
las doncellas herejes,
de piel suave
de olor desconocido,
de himen sacro,
de ojos como venado
y labios yertos.
Tabasco.
Sí.
Tabasco.
Nada queda
de tanta altanería,
tanto escrúpulo,
de tanta resistencia insoportable,
de tanta iniquidad,
de tanto asedio.
Bajo este plenilunio interminable
el rocío ha abdicado a la esperanza
y
con su antigua hostilidad terrestre
se arrebuja,
espinoso,
en el desprecio.

Malintzín.

Canto de sombra por la princesa Malintzín que traicionó a su raza a cambio de un puñado de caricias.

Malintzín
la traidora
piel de lunas bravías degradada por hordas de besos extranjeros
cabalga junto al viento desciñendo
salvaje
su larga cabellera de demencias prolijas
mientras la noche cae sobre el agua esmeralda sobre espectros de sauces sobre piedras hostiles.
Mientras cae la noche sobre dulces nopales sobre templos sin fuego
y sueña Moctezuma presintiendo los sordos pasos del exterminio
y México es la madre la tierra dolorosa que teme gime llora
que cobija con furia la ansiedad de los hombres temblando en sus raíces.
Malintzín
la traidora
sucia de amores sucios
establece en el tiempo su amor sin horizontes
su trágico destino de repudio encrespado
esboza en la distancia perfiles de patíbulos junto al lecho culpable
funda los precipicios donde el odio despeña la unidad de su estirpe.
Capturada en la urdimbre de jadeos exhaustos de caricias violentas de miradas impuras
permite a la serpiente penetrar sus misterios con vértigo de estambres
y niega los indicios
y oculta que los dioses son un fraude muriente aferrado al encono a resecas matrices a insomnios impiadosos a miedos desbocados
a oscuras pesadillas donde abordan navíos para huir de la peste de miserias y hambrunas de gusanos feroces devorando intestinos
de la amarga pobreza que olfatea sus huellas con los belfos tenaces de tenaces mastines.
Su pecado es amarlo
su imprudencia es amarlo más allá del presagio que ultraja filiaciones de pájaros silvestres
su condena es seguirlo como una loba en celo sin preguntas ni treguas
porque ella es una pena
un gesto apasionado repetido en el viento que agosta los jazmines.
Malintzín
la traidora la infiel la renegada
la que entregó en Tabasco su nombre y su vergüenza
la que arrojó al silencio su sangre en rebeldía su dignidad hirsuta su castidad de espino
alzando silabarios de lenguas amarillas
desnuda
deshonrada
cabalga entre los buitres.

Navíos al crepúsculo.

De cómo fue que el Eximo. Señor Fernando Cortés de Monroy evitó que los hombres desertaran de su lado y regresaran a Cuba luego de la fundación de Veracruz.

En Cuba está el refugio,
la memoria,
su identidad de letra amenazante.
En Cuba,
ese paréntesis de patria
sitiado por el mar y las intrigas.
Esta ciudad nació en la tierra firme.
Su nombre es Veracruz.
Aquí,
las naves
presienten miedos ásperos,
los huelen...
Los miedos...
esas sombras confundidas
que reptan el silencio,
que susurran,
que se encienden hambrientos en las dagas
y las lenguas encienden
y tragedias
y encienden la traición
y la falsía.
La serpiente lo sabe.
Su mirada
es seca,
es horadante,
es perentoria,
es un destello azul, esa mirada
que no entiende de amor
ni cobardías,
que no entiende de amor ni de nostalgias,
que no entiende de amor ni de milagros,
que no entiende de amor
o paroxismos
o ternuras
o entregas
o caricias.
Las diez quillas se mueven,
incitantes,
sobre el vientre desnudo del océano,
se alzan
en el follaje de la espuma
y socavan
y ondulan
y agonizan
como si,
golpe a golpe,
copularan
con entrega salvaje.
A contracielo
las diez quillas son hembras combatientes
gimiendo,
entre las sales corrosivas.
Pero deben morir.
En el crepúsculo,
cuando el sol se desangre sobre Méjico,
dentelladas de furias agresoras
morderán sus entrañas,
vengativas.
El viento es una racha tempestuosa
agostando el verdor de los recuerdos.
El viento es inclemente.
Su arrebato
es niebla,
es impiedad,
es avaricia.
El viento es un relámpago demente
renunciando al ayer.
Es un demonio
desterrado en espurios calendarios,
es un látigo,
un rabo de perfidia.
Estandartes de pena,
en los velámenes,
suplican un andrajo de horizonte,
pero el verdugo calla,
el mundo calla...
Deben morir...
para que el viento viva.

Viento.

Canto de sombra por el silencio de los Protectores ante el paso del viento.

Violentando corolas
como un dolor que crece hasta acallar al trueno que desatan los cascos rotundos de las bestias
como el odio que horada girando en torbellinos hasta engendrar el miedo en úteros de sombra
con sus zarpas voraces y dientes amarillos combatiendo horizontes
un viento exasperado
viento de furias nómades y silbos impiadosos
con gesto de insolencia
destrona las sagradas dinastías del cielo
saquea las palabras que el Gran Huitzilopochtli cincelara en la cuna donde el hombre sucede
quebranta los preceptos fijados en los códices.
Es un viento salvaje
un viento huracanado encendido impetuoso
un viento irreverente enarbolando dogmas de oscura intolerancia
aniquilando el mundo a paso de avaricia
porque no quiere el viento
absolver la inocencia que yace traicionada en su orfandad sin nombre
y avanza inexorable
azotando con rabos de cólera ofensiva la piel de la intemperie
y al ras de sus infiernos numera los escombros las plegarias oscuras
largas lenguas de sangre lamiendo los caminos
los párpados abiertos a la tierra que bebe sus sordos estupores.
El viento comparece con sus hachas de viento con su soplo de espinas
con ráfagas de escarnio merodeando en las ramas para iniciar la ausencia desnuda de los pájaros
y cierta alevosía cierta infame demencia
dejando a sus espaldas chinampas asoladas ciudades en desorden
espesuras secretas cubriendo la deshonra con mantos de ceniza
cordilleras exhaustas de aguzar los peñascos
de excavar precipicios
de alzar amenazantes murallas de relieve
en esas soledades donde sólo las águilas desafían la altura
de erizar rebeliones sin detener al viento llegado del levante
cuando andaba el eclipse urdiendo los presagios de muertes clandestinas y sangre sin amarras
y callaron los gritos de la madre doliente
y callaron las graves voces de los Antiguos
y callaron los fuegos
y callaron los dioses.

La ciudad en el lago.

De cómo fue que las pupilas españolas se enfrentaron por vez primera con la ciudad mayor de los aztecas a las orillas del lago Texcoco el 8 de noviembre de 1519.

En su presencia cesa la nostalgia,
el crepúsculo escancia,
despacioso,
una llovizna de frescura agreste
como la esencia espesa del olvido,
se exilia la razón,
sucumbe el miedo,
la espada es un silencio desnucado
que entra a saco en antiguas decepciones
con hordas de estupores adventicios
y ya no alcanza el gesto de un vocablo
para nombrar la luna
hecha insolencia,
el pulso imperceptible de la piedra,
el ardiente desvelo de los grillos,
las corolas,
los míticos plumajes,
leves guiños de luz,
verdes mazorcas,
los olores,
el fuego en las terrazas,
las cimeras solemnes,
los hechizos.
Sólo el viento conoce.
El viento sabe
que hay señales,
hay sueños,
hay presagios
oteando en las estrellas
una estrella
que pronuncie el sangriento veredicto,
el tiempo en que el Señor de las Tinieblas
sale a cazar la vida,
impunemente,
con sus perros de noche,
sus mastines
de morros pestilentes,
asesinos;
el tiempo en que la sangre,
a borbotones,
obstruye cada jícara de cuarzo,
cada acequia que aguarda,
codiciosa,
raciones de feroces sacrificios.
Junto a la hondura sacra del Texcoco
exhibe sus oráculos,
sus templos,
sus cíclicas ofrendas,
sus esfinges,
sus dédalos de urgentes desvaríos.
Ella es Tenochtitlán,
sibila insomne,
ojos de sombra,
garras de obsidiana,
cabellera de polen desgreñado,
arquitectura de águila y solsticio.
El viento la contempla.
El viento.
El viento
borracho de maguey
que embiste,
injusto,
amarrando,
mordiendo,
profanando
centurias de retoños encendidos;
que no tiene piedad,
que avanza,
ciego,
sobre hierbas,
insectos
y fulgores,
sobre cortejo de ayes y sollozos
en el alba,
primera,
del castigo.

Hombres.

Canto de luz por las zarpas desnudas de la muerte que hurga en los atavíos de metales hasta encontrar la sangre.

La mentira sucumbe entre pieles corruptas estertores violentos pústulas encendidas y fiebres a destajo.
La mentira es un grito
dolores amarillos suplicando una tregua
mendigando clemencia a ese dios en harapos
aferrado a su suerte de maderos rabiosos.
Nada rompe el silencio.
No hay truenos fundadores ni altares consagrados ni expresos vaticinios.
No hay rastros de osadía en la ausencia que crece del musgo amortajado.
Sólo el hombre y su muerte iniciando una danza bajo la luna quieta.
Sólo el hombre y su muerte de talle voluptuoso.
Ya no quedan indicios de soberbia o audacia debajo de los yelmos
ya no quedan señales de espíritu divino entre tanta gangrena.
La poderosa estirpe de quetzales – serpientes
se sumerge en el fango nacido de la sangre que habitaba sus venas desnudas de cerrojos.
Los señores del viento dadores de la vida creadores del follaje
profanaron la augusta techumbre de los cóndores
violentaron las hondas guaridas donde el puma sueña carnes convulsas
mancillaron doncellas con su semen impuro su esperma advenedizo
decretaron el odio
y en el fondo del odio encontraron los secos perfiles de obsidiana
enfrentaron espantos laberintos tinieblas venablos con ponzoña
cóleras aberrantes devorando azucenas
sacrificando cepas de cuerpos enemigos a fuerza de membranas y cansancios viscosos.
La mentira es un llanto olvidado en la hierba
una angustia escarpada
una oscura miseria cubierta por el falso pudor del novilunio
en tiempos en que el aire huele a urgentes fracasos a trágicas derrotas
en tiempos en que el miedo encrespa los azules delirios del insomnio
cuando el ave se inmola contra el filo punzante de espinas en centurias
y claudican las hojas en sus vuelos suicidas sobre duros terrones
y ofrendan las corzuelas sus mansas yugulares a las fauces del rito
y se extinguen los dioses
con las pupilas ciegas abiertas al asombro.

A través de la estirpe.

De cómo fue que Moctezuma, emperador de Méjico, tuvo sueños premonitorios que auguraban el fin para su pueblo en tiempos del regreso del gran dios Quetzalcoatl.

El musgo fiel no sabe de sus huellas.
Grave,
delgado,
fuerte,
Uei Tlatoami,
Moctezuma,
Señor de los aztecas,
custodio de la estirpe y del idioma.
De pie sobre el tapiz de la terraza
aguarda por el viento,
por el viento
que desanda su exilio,
paso a paso,
desde la luz salvaje de la aurora.
Sus temores lo sueñan,
lo presienten,
lo adivinan,
trizando los capullos.
Es el viento,
con mitra de quetzales,
anudando gavillas de deshonra.
Aguarda por el viento,
funda indicios
de otra constelación
o firmamento
tributo,
ofrenda,
rito o desagravio
que detenga los rabos de la cólera
y aquiete la maldad de la laguna
y silencie el aullido,
el llanto oscuro,
donde el dolor,
con rostros en menguante,
desenmascara oráculos de sombra
y capture las grullas
y quebrante
los penachos de azogue,
los reflejos,
las imágenes de hombres sobre bestias
galopando entre brumas invasoras
y extinga,
en la unidad de la llanura,
- más allá de la aciaga medianoche -
el humo antropomorfo,
el humo urgente,
el humo de presagios y congojas
y suplique a la piedra absoluciones
y detrás del cordón de las Anáhuac,
por abismos de páramos salinos,
devore la matriz de la memoria.
Son,
sus ojos,
bastiones de amargura
que escudriñan señales y sospechas
en esta soledad,
esta vigilia,
esta vergüenza,
al fin,
que lo desborda.
Después de degollar las codornices,
de sahumar sobre el ara y las hogueras,
aguarda por el viento,
es su destino,
su ración de ignominia obligatoria.
Porque ya es tarde.
Demasiado tarde.
No hay piedad,
no hay orgullo,
no hay respuestas.
El viento es Quetzalcoatl.
Quetzalcoatl
y una muerte,
amarilla,
que lo nombra.

Guijarros impacientes.

De cómo fue que Moctezuma, herido a pedradas por sus súbditos negóse a recibir alimentos hasta fallecer en su palacio mejicano el 30 de junio de 1520.

La tarde se hace prólogo de sombras.
En la humildad piadosa del rocío
hay concilio de intrigas,
como tigres
acoplando su ardor en la espesura.
Es junio.
Bajo su último lunario,
la muerte ha descendido,
apasionada,
con cadalso y puñal,
garrote y pira,
coágulos,
estertores,
mordeduras.
Viene a fundar su tiempo,
su albedrío,
a ocupar un sitial en la gangrena,
a perpetrar saqueos,
represalias,
a ejercer la impiedad de la locura,
a encender el dolor,
la sangre,
el miedo,
las miradas furtivas,
los insomnios,
la mano agazapada,
el exterminio
emboscado en fatídicas liturgias.
Sale a impedir los sueños,
a romperlos,
a golpearlos,
molerlos,
triturarlos,
a recaudar su diezmo de venganza,
pena por pena,
injuria por injuria;
porque es áspera,
infame,
miserable,
se parapeta en dogmas,
se atrinchera,
se amamanta de niebla acantilada,
amartilla el terror de la tortura.
Y ha sublevado al odio,
que no sabe
ni razona
ni piensa
ni presiente
las fauces homicidas,
los incendios,
los rabos de crueldad,
la sed oscura.
Ya ha sublevado una impaciencia amarga
que repudia la voz del elegido:
Emperador del pueblo mejicano
el Señor de las garzas,
Moctezuma.
Él,
que fuera guerrero y sacerdote,
perece aquí,
de ausencia abigarrada,
de guijarros con bordes fratricidas,
de discordia salvaje,
de conjuras.
La muerte lo contempla,
irreverente;
lo ve,
en la plenitud de su agonía,
vaticinando látigos,
martirios,
cadáveres sin prez ni sepultura.
La muerte es una máscara insolente,
solapada,
brutal,
inevitable...
que ha desovado,
sola,
en el silencio,
los torbellinos ciegos de la furia.

Guerreros.

Canto de luz por los poderosos guerreros que cosechan corolas palpitantes para el hambre del fuego.

Estos son los guerreros
los abastecedores del tributo que exige
el Dios de las Mazorcas y de los Acueductos por donde salta y rueda la pureza del agua
hijos del Desollado Bebedor de la Noche
amantes de conquistas de marchas polvorientas de regresos triunfales.
Su honor es la batalla
su vida es la batalla.
Suyas son de la tierra las flores que entreabren
las corolas de sombra al temblor del rocío
suyos los estertores de la carne yacente
suyos los tristes cantos de pájaros oscuros
suyo el llanto que cae sobre el verde follaje.
Su valor no se mide sino con el peligro sino con la bravura
sino con los trofeos andando su destino de gloria y holocausto
para cuando la noche sofoque antiguos fuegos
para cuando las manos del Sumo Sacerdote restablezcan los pactos a través de la sangre.
Estos son los guerreros,
hermanos de los cóndores
de mirada precisa de pico taladrante de garra encarnizada
hermanos de los tigres que caminan la selva con sigilo armonioso
en busca de gargantas arterias sin sospecha flancos desamparados pieles agonizantes.
La dignidad estalla en las secas insignias izadas a su espalda en augustas cimeras de arrogancia precisa
domina los telares de mullidas texturas
construye los colores de mantos que conservan la memoria del vuelo
agitando en la brisa el plumaje encendido de encendidos quetzales.
No temen al olvido ni temen al silencio.
Embriagados de muerte
se beben el coraje de las copas talladas en cráneos enemigos
hunden sus dentelladas en las vísceras tibias
cumpliendo la liturgia de saquear pulso a pulso la bravura encerrada en el dolor salvaje.
Altiva la mirada
avanzan a pie firme detrás de los escudos que establecen urdimbres de cáñamo prolijo
protegidos por clavas de obsidiana temible
arrojando al vacío sus golpes erizados
honderos prodigiosos
heraldos de la furia
señores del combate.

Crímenes en la noche.

De cómo fue que los soldados españoles se vieron obligados a evacuar la ciudad de Méjico siendo perseguidos, capturados y masacrados por los naturales en la lluviosa noche del 30 de junio de 1520.

Porque hay voces de sangre,
hay filos ciegos
en la noche,
en el viento,
en la borrasca
y aluviones anónimos de niebla
conmoviendo el espectro de la lumbre;
desde oscuras terrazas,
las serpientes
exploran los perfiles de la ausencia,
empuñan la traición,
trizan la vida,
agazapan sus cóleras azules.
Cae una lluvia audaz,
ineludible,
sobre cada esperanza desvalida,
cada ascua de ambición,
cada deseo,
cada pecado,
cada esquirla impune.
El mundo es un desorden,
es un caos,
una región de encono amarillenta
donde se engendran ráfagas de infamia
y el estandarte de la fe,
sucumbe.
Porque hay náuseas atroces,
juramentos,
soledades,
delirios a mansalva,
fugas hacia la cepa del silencio,
demencias insepultas y derrumbes;
el miedo se escabulle,
amortajado,
se desliza por calles en sigilo,
se despeña de puentes y terrazas,
se precipita en piélagos de azufre.
No hay nada,
más acá del horizonte.
Nada,
excepto esta huida miserable
amamantando ruegos y estertores
con los odres resecos de sus ubres.
Nada,
excepto las zarpas clericales
aguardando los signos del eclipse
para hender,
con vehemencia de obsidiana,
el lúgubre estupor,
las fiebres lúgubres.
Nada,
excepto el ritual antropofágico,
el corazón latiendo a la intemperie,
los gritos desollados,
el martirio
naufragando en sus pústulas de herrumbre.
Nada,
excepto cadáveres hediondos
de mirada distante,
inalcanzable,
yaciendo en medio de una muerte absurda,
una muerte sin féretros,
sin cruces,
bajo una lluvia eternamente triste,
eternamente pena acompasada,
eternamente repetido llanto
goteando sobre el duelo,
por costumbre.

Tiempo.

Canto de luz por los hombres sagrados que entienden el idioma del tiempo y los eclipses.

Junto a hierbas y orquídeas y humedades de musgo
y tristezas de cantos repitiendo agonías en la orilla del ara
los que saben recitan en el quiché sagrado
las ciencias de la vida de las vegetaciones de los partos celestes
de presagios secretos de ciclos que no cesan.
Los que saben descifran antiguos calendarios donde la luna regla la edad de las simientes
examinan señales que delaten la lluvia o reclamen tributos al Dios de la Desdicha
para que encienda el fuego en los días vacíos
cuando el mundo sucumbe entre hordas de tinieblas
y un sol sin atenuantes se extingue en la mandíbula de espíritus siniestros
que trituran los flancos a secas dentelladas.
Días en que el oráculo marque el fin de los tiempos
días en que se alcen emboscadas sabuesos armaduras espadas
codicias que destrocen el pubis de la selva.
Los que saben cincelan en la piel de los templos las hazañas las voces
la memoria del hombre que habitó cada choza cada rastro en el suelo cada raíz posible
los que saben inscriben los relieves tallados los códices del viento
para que nadie ignore las huellas de esta pena
que desnuca los sueños saquea dinastías incinera la magia desamarra la sangre y libera demonios
las huellas de esta pena que no cabe en las pieles ni cabe en las liturgias
porque vaga entre sombras con su aliento de sombra
con sus manos de sombra sofocando colmenas.
Los que saben registran solsticios equinoccios flagrantes homicidios
como si el mismo cosmos fuera a desmoronarse
sobre cada defensa
como si alguna historia fuera a ser revelada por las ciegas arañas
que cruzan y entrecruzan la urdimbre deslumbrante de sus viscosas hebras.
Los que saben escriben quebrantando las mazas las piedras los cansancios los filos del misterio
antes que llegue el odio
antes que llegue el alba donde mora la muerte
y claudiquen los dioses ante oscuras palabras
injusticias salvajes
desgreñadas tragedias.

La cuna del misterio.

De cómo fue de penosa la marcha a través de la selva hacia las ricas ciudadelas y los incontables peligros que acechaban a los hombres en la península de Yucatán.

La selva es estallido,
es desamparo,
fertilidad de esporas,
luz salvaje,
útero espléndido,
verdes vitalicios,
arquitectura hendida por los pájaros.
Es compacta espesura de raíces,
secreta hostilidad,
fiebres convulsas,
algún bramido de odio a contraviento
y distancia
y temores
y el cansancio.
El cansancio,
que cala hasta los huesos,
que instituye el sudor,
la angustia,
el hambre,
los pasos derivando hacia el sudeste
sin indicios,
sin claves,
sin presagios.
Rumbo al miedo,
a las sogas,
al martirio,
al verdugo demente,
a la herejía,
a la profundidad de los cenotes,
al cuchillo,
a la pira,
a los venablos.
Rumbo a Chichén – Itzá
donde la piedra
se aferra a misteriosas geometrías,
donde el sílex aguza,
entre el silencio,
espinas de rituales inhumanos;
donde el orfebre,
a fuego perentorio,
quiebra la voluntad de los metales
para alumbrar anillos,
brazaletes,
pectorales,
vasijas,
calendarios;
donde la furia nace,
donde el aire
amamanta perversas rebeliones
y la codicia enciende,
para siempre,
el delirio incesante de los coágulos;
donde la muerte es sólo un cuerpo roto,
un zumbido de insectos,
una ausencia
enroscada en la entraña del olvido,
un rostro cruel,
un nombre abandonado.
Rumbo a Chichén – Itzá
donde los mayas,
desde las coordenadas de la sombra,
inscriben,
en las fibras sensitivas,
cicatrices de secos silabarios.
A pesar del dolor,
de la fatiga,
de los celos,
del sol,
de la amargura,
de la huella hecha trizas,
de las pieles
desgarradas por vértices de espanto,
de talegas voraces,
desmedidas,
de lebreles,
de cruces,
de plegarias...
el viento avanza,
avanza,
avanza,
avanza.
Nada detiene al viento y su pecado.

Obsidiana.

Canto de luz por los altivos sacerdotes que interpretan a fuerza de obsidiana las descarnadas voces de los coágulos.

Se embriaga se estremece danza en el aire quieto su altivo majestuoso penacho de quetzales
cuando trepa las piedras
la osada arquitectura de los templos eternos hasta alcanzar el ara
mientras callan los pájaros
mientras duermen las hojas
mientras quiebra el silencio la luz del sacrificio.
Brillan los brazaletes en los músculos tensos
en el brazo extenuado por ofrendas compactas
palpitan las redondas orejeras con plumas las máscaras rituales
y al ritmo de plegarias que renuevan el pacto con los Benefactores
vibran los cascabeles que ciñen sus tobillos.
Porque Él es el Sirviente
el Sumo Sacerdote
intérprete de voces que erizaron la vida con su esperma celeste
que destilaron pulcras su calostro de estrellas desde donde el comienzo
desde donde la lluvia la niebla los enigmas
el crepúsculo ardiendo en pétalos efímeros
y ordena a la obsidiana sus racimos de muerte
y talla la agonía sobre pieles pintadas
y expulsa los relámpagos
y establece en las jícaras su avidez de estertores de coágulos espesos
cuando los dioses hablan en su idioma sin tiempo para nombrar el clima la tierra los solsticios
y escruta cada llaga cada víscera aullante cada pulso en la sombra cada gemido abrupto
cada gota que rueda peldaño tras peldaño
y eleva hacia los cielos el báculo dorado donde enredan las sierpes las toxinas azules los cuerpos poderosos los desnudos colmillos.
Es el Predestinado
el que negocia lunas de ceniza o escarcha
el que firma con sangre la edad de las cosechas.
Es el Predestinado
Amo de los Rituales
Maestro de la Hoguera
Señor de los Cuchillos que encienden las promesas la esperanza salvaje los júbilos prolijos.
En sus ojos de luto se engarzan los presagios
retumban los timbales las sonajas de ausencia
repitiendo los rostros de esclavos de guerreros de doncellas de niños
que marcharon sumisos a morar en la aurora
mensajeros sagrados caminando por sendas donde todo es propicio.

Silencio en los cenotes.

De cómo fue que los salvajes tenían por costumbre pintar de azul el cuerpo desnudo de sus prisioneros para arrojarlos con vida a la hondura de sus pozos o cenotes.

Viste de azul la muerte esta mañana.
Es azul la quietud,
la luz,
la sangre,
la cepa del dolor,
el horizonte,
la tragedia final,
el sacrilegio.
Hasta la piel desnuda,
adolescente,
condenada por vísceras insomnes,
serpientes,
sacerdotes,
calendarios,
voces de sombra,
índices violentos,
que avanza sobre piedras perentorias
buscando su ración de absoluciones
allí,
donde el destino se hace espanto
y alguien grita su nombre,
a contraduelo.
Hasta la piel desnuda,
caminando
a pura fe,
a paso de plegaria
mientras,
en los venablos,
la tortura
descorre los cerrojos de su infierno
y perfiles de ausencias enlutadas
ascienden en el humo,
socavando
la furia vertical del mediodía
por alcanzar la dimensión del miedo.
Hasta la piel desnuda,
que no sabe
de los ojos del viento,
detenidos
en la región exacta en que el asombro
cabalga intolerancias sin cabestro;
enarbolando cruces,
estandartes,
secas toses de pólvora,
celadas,
bolsas aviesas,
perros,
agonías,
goterones de pánico,
evangelios.
Viste de azul la muerte y
en la hondura,
sin más recaudo que sus fauces ciegas,
los cenotes devoran estertores,
delirios naufragantes,
esqueletos,
astillas de impiedad,
fiebres voraces,
angustias en letargo,
corazones,
soledades,
eclipses a mansalva,
preces,
sollozos,
coágulos siniestros
y cumplimentan su misión de tumba
- más allá de los breves estallidos
con que liberan polen las anteras
iniciando la edad de los helechos;
más acá de las alas migratorias
de estirpe de jaguares,
de racimos -
ahítos de osamentas y sudarios
en el páramo,
absorto,
del silencio.

Orfebres.

Canto de luz por los modestos artesanos que amalgaman las lágrimas del oro en el advenimiento de las máscaras.

Metal que nuestros Padres engendraron en hondos laberintos terrestres
cuando el Cosmos rompía los úteros del barro
y el silencio era sólo un abrupto presagio de tiempo ineludible
antes que los orfebres convirtieran tus lágrimas en fúnebres reliquias impecables coronas
antes que cincelaran los rasgos poderosos que poblaron sus sueños
las insignias solares las rígidas mejillas las venerables bocas aullando sus espantos
los párpados ausentes agrietando el asombro
examinando todo
escrutándolo todo desde las cuencas rotas
antes que su desvelo te transformara en vasos ajorcas pectorales máscaras deslumbrantes vestimenta de dioses
fuiste veta dormida
fuiste cauce gotera tenue brillo larvario entre muslos secretos
entre muslos fundantes donde se nutre el polen sagrado de la sombra.
Después fuiste destello herencia patrimonio de manos insolentes
estableciendo formas de pétalos huidizos coloridos quetzales jaguares funerarios
los breves amuletos que reclaman al cielo su caridad de lluvia
canturreando en los surcos
temblando en las mazorcas cuando el hambre se cierne como un cóndor sangriento sobre las altas cumbres
quebrando soledades con sus garras desnudas con sus picos voraces
cuando el hambre persigue vestigios en la nieve como lobas en celo
como belfos letales conmoviendo perfiles de caderas redondas.
Desde sus dedos ciegos
trepaste hacia el idioma en que los dioses urden hebra por hebra el reino de olvidadas estirpes
acompañaste gestos rituales alabanzas ayunos desvaríos solsticios amargura
a pulso de plegaria a ritmo de inocencia a paso de salmodia.
Porque sólo su fuerza te elevó al oratorio donde las piedras callan.
Porque tu semen yermo no fecunda corolas helechos hojarasca
no fertiliza nada que no sea el espanto la avidez la codicia
el pálido exterminio los agudos tormentos las zarpas invasoras.

Un reino minucioso.

De cómo fue que con la ayuda de Dios el Capitán Francisco de Pizarro emprendió la subida de los Andes a la cabeza de su fuerza en busca del tesoro de los incas.

Camino a Cajamarca.
En la alta cumbre,
sendas estrechas,
nieve,
precipicios,
y en los zurrones
- huéspedes ocultos –
el miedo,
el hambre,
Dios,
las pesadillas;
un mendrugo de sueño,
una esperanza
que perfile refugios de indulgencias
para cuando la furia se desboque
en avalanchas de impiedad prolija
y un botijo de dulce desmemoria
(por si acaso algún pétalo de luna
derrote la estatura de la noche
y propague nostalgias amarillas).
Camino a Cajamarca.
En la alta cumbre
donde el Ande es dominio,
donde el cóndor
- en su salvaje austeridad de piedra –
alimenta sangrientas dinastías;
las férreas voluntades castellanas
desenvainan audacias,
proscripciones,
escarpados saqueos,
torniquetes
que enciendan insepultas agonías
porque hay claves,
hay sombras,
hay secretos,
desnudos territorios verticales,
terraplenes de lanzas esmeraldas,
manantiales de oscuras herejías,
fortalezas pacientes,
atalayas,
agrafes,
brazaletes,
pectorales,
copas,
zarcillos,
máscaras litúrgicas,
vetas rabiosas,
pulcritud de arcilla;
bajo la desmesura de un silencio
solemne,
mineral,
deshabitado
como espiras de oxígeno espinoso
o compactas tristezas adventicias.
Camino a Cajamarca.
Hombre a hombre,
huella tras huella,
cúspide tras cúspide,
hacia donde Atahualpa,
amenazante,
establece guerreros y vigilias.
Hacia donde Atahualpa,
el engendrado
en el útero verde de la lluvia
con esperma de soles minuciosos,
aguarda por la muerte
y sus jaurías,
jadeando entre plegarias y puñales
mientras el viento avanza,
roca a roca,
en busca de un destino inevitable...
Solo
en la soledad de la fatiga.

Maíz.

Canto de luz por los altos labriegos que tributan plegarias y sudores a la antigua memoria del maíz.

Memoriosos de surcos liturgias siderales
estacas que roturan las secas sementeras
alucinan promesas de harinas amarillas mientras crece el agobio sobre sus soledades
mientras curvan la frente hacia la esencia madre que les niega el secreto vital de sus matrices.
Los hombres de la tierra
sombras desfallecientes entre hostiles guijarros
allí donde la atmósfera es un puma al acecho y el águila un escorzo de furia encarnizada
trazan con manos anchas
los caminos de piedra que conducen el agua hacia la sed oscura de infinitas raíces.
Los hombres de la tierra
sumisión alfarera estableciendo sueños de presencia esmeralda
donde sólo los vuelos alcanzan la estatura bautismal del rocío
donde sólo el silencio responde a los enigmas
donde sólo el crepúsculo inmola la lujuria del sol tras los pretiles
desgranan su cansancio de días cenicientos
estableciendo ciclos destinos calendarios
lunas donde se engendra la hechura de la vida
cavan hoyos de olvido en las entrañas mismas de la diosa preñada
para enterrar un día los ecos de sus nombres
sin llantos ni proclamas ni penachos ni efigies.
Amarrados al polvo
cumplen con el mandato de los dioses ocultos en el fondo del tiempo
- los dioses constructores
los que agitan sonajas mientras cae la lluvia hechizando los muslos de violadas semillas
propagando las claves de las germinaciones en el desnudo idioma de desnudas urdimbres -.
Los hombres de la tierra
huella fugaz del hambre
aristas de fatiga desgarrando horizontes
hebras de muerte espesa bajo heladas fisuras de cielo desvelado
cuidan el rojo grano que nutre a las aldeas
con ansiedad de sombra con ternura escarpada con músculos febriles.
Y cuando estalla el parto en los altos recintos de hogueras sin cerrojos y viento encabritado
nace de sus sudores el Señor del Maíz
Amo de las Mazorcas
Guerrero Poderoso pintado con la sangre de sagradas serpientes
Dador del Alimento
Padre de las estirpes.

Colmillos clandestinos.

De cómo fue que el sacrificio, las privaciones y los padecimientos endurecieron el alma de los soldados españoles forjando lo intrépido y osado de su temperamento.

El corazón les duele de tan seco.
Les hizo falta un pulso de ternura
para olvidar derrotas,
abandonos
que la miseria les tatuó en los ojos
cuando el mundo era apenas una sombra,
una actitud huraña,
una manera
de asumir soledades,
bofetadas,
costras de injurias,
pactos con demonios.
La existencia les duele de tan dura.
Les hizo falta un diezmo de tibieza
para aquietar los párpados desnudos
que encallaban al borde del sollozo
mientras la luna bostezaba escarcha
y el hambre,
el hambre.
el hambre,
el hambre,
el hambre
clavaba dentelladas a los miedos
se emboscaba,
tenaz,
en el insomnio.
El desamor les duele de tan pulcro.
Les hizo falta un gesto de llovizna
bautizando las llagas,
en un tiempo
que se extendía,
a paso minucioso,
hasta la latitud de la vergüenza,
hasta el dolor puntual de los agravios
erizando una risa desdentada
en la región más yerma del encono.
Son hijos del harapo,
de la ausencia,
herederos de vientos,
de pecados,
de impotencias,
de látigos,
de esquirlas,
de infamias,
de desprecios,
de despojos.
Son Almagros,
Pizarros,
Alvarados.
Si no tienen un nombre,
lo construyen,
lo roban a una aldea,
lo levantan
desde la oscura identidad del polvo.
Marqueses,
Protectores,
Alguaciles,
Caballeros de la Orden del Garrote,
Capitanes de vastas deslealtades,
Hidalgos de burdel y calabozos.
Aristocracia a punta de osadía:
temeraria,
brutal,
analfabeta,
aguardando su muerte en cada sitio
donde estalle un motín,
se encienda el odio,
despliegue telarañas la codicia
con la complicidad de los puñales
y su sangre se evada,
lentamente,
por los cauces sedientos del asombro.

Bolsas.

Canto de luz por los Benefactores que despliegan sus duras estrategias para ocultar vestigios de los hombres a los ojos del viento.

Allí donde se inscriben las altas transparencias
el tuerto y sus soldados recorren silenciosos los caminos del viento
despliegan estrategias de gangrenas azules de carnes escindidas de dolores quemantes
hacia un hambre insolente que desgarra las vísceras a pura dentellada.
Ejército en harapos arrastrando mentiras envidias orfandades hacia el sur del planeta
hacia la Araucanía
hacia donde la tierra es un mar encrespado de heladas cordilleras
donde el Ande combate
donde la nieve oficia sus secos torbellinos de furia huracanada
con las bolsas voraces que escudriñan persiguen
indagan a las grietas los rebeldes guijarros los líquenes viscosos por la cuna del oro
aunque el alba sea estricta el día otro tormento la tarde calenturas
las noches un letargo cubriendo de sudores sus muertes solitarias.
Mientras se abren las fauces de los desfiladeros
y ruedan los espectros el hierro la codicia los caballos las cruces el dogma las monturas
el perfil de algún nombre escapando del odio
de la amistad aviesa de la ofensa implacable de la soga el veneno los filos de la infamia
mientras el cóndor calla mientras los tigres callan mientras las piedras callan
mientras el aire escupe su hostilidad punzante
el tuerto y su desdicha desandan horizontes
detrás de patrimonios míticas geografías metales apremiantes monarcas legendarios ciudades escarpadas.
A ritmo de penuria por sinuosas cornisas
husmeando pectorales ajorcas vasos tiaras tributos territorios
mientras los Poderosos
los Padres del Aliento
ocultan a los hombres nacidos de su semen con levedad de niebla
con sigilo de sombra con cautela descalza
ocultan a los hombres nacidos de su savia bajo las pieles yermas de los yermos peñascos
porque sólo el verdugo los aguarda en la orilla de las flores boreales y los ciegos torrentes
el verdugo y las piedras
las piedras y las uñas
las uñas y las flechas
las flechas y las lanzas.

Región de ventisqueros.

De cómo fue que después de sangrientas luchas, penosas marchas, climas adversos y hambre el Adelantado Don Diego de Almagro comprueba que los territorios que le adjudicara la corona no guardaban mayores riquezas.

Este es su territorio.
Almagro observa.
Almagro es un silencio amotinado,
un silencio de crótalo,
un silencio
de estocadas,
dogales
y verdugos.
Huele a desdicha el aire.
Huele a miedo.
Vencida por legiones de inclemencias
la fatiga se bate en retirada.
Cada peñasco es árido repudio.
Cada ráfaga es cólera implacable
que excava,
que aletarga,
que cercena
arterias extenuadas,
pesadillas,
impudicia de hedores sin refugio.
Cada nevada es filo,
es insolencia
decretando,
ordenando,
estableciendo
muñones de agonía inexorable,
abdicando a los sueños,
pulso a pulso.
Este es el sur.
Bastión de rebeldías
donde la aurora estalla,
de repente,
en follaje de cóndores
y el cielo
funda la transparencia,
enciende el mundo
y un espectro de luna amortajada
desgarra la espesura de las sombras
con su ceniza trágica
y el hambre...
el hambre es un relámpago convulso
horadando escudillas,
un sollozo,
un tormento eventual,
una blasfemia,
un aullido de vísceras insomnes,
una celada,
un cepo de mendrugos.
Y la ambición no alcanza
si la furia
desenvaina estrategias,
se atrinchera
en la complicidad del ventisquero,
amartilla sus páramos desnudos.
No alcanza la avaricia
si la noche
derrama hostilidad,
escancia el odio
sobre las desmesuras del abismo
y su exilio de huesos insepultos;
si esta crueldad de azules desalientos
gravita en la quietud de cada llaga,
subleva sus esquirlas ulcerantes,
derrota la esperanza,
niega indultos.
Huele a traición el aire.
Huele a muerte.
Un silencio de andrajos sin sosiego
se repliega hacia el Cuzco,
perseguido
por turbas de gangrenas
y crepúsculos.

Turbas.

Canto de sombra por la complicidad con que los dioses ignoraron los ruegos de los Hijos del Sol.

No vencieron al viento los nobles tlaxcaltecas
los hombres que moraban en fértiles chinampas
los caballeros sierpes los caballeros águilas los caballeros tigres
aun cuando agitaron atabales antiguos
antes de los combates antes de las traiciones antes de la lujuria.
No vencieron al viento que arrasa que destroza
que saquea en la tarde que mancilla en la noche que cabalga en la aurora.
No vencieron al viento de mirada insolente de malicia encrespada
quebrando con sus cascos la solemne armonía de vaguadas tremendas de salvajes llanuras.
Y el mundo es un silencio un desierto amarillo
un aullido de sombra donde bebe la muerte su calostro de sangre en cálices de luto
donde el amor se extingue a fuerza de martirio
a fuerza de tormento ampollas expiatorias huesos desencajados confesiones convulsas
donde el verdugo invade tierras hospitalarias
eriza tribunales de muerte inquisitiva
y garras y colmillos y codicias sin freno y bolsas insaciables
mientras el mundo calla
mientras el cielo calla las sílabas terribles
las ásperas sentencias que liberan su furia.
El mundo es un silencio
una desesperanza que no ofrece refugio contra tanta tragedia contra tanta rapiña
contra tantos puñales decapitando sueños
ciudades cerealeras máscaras en eclipse bellos abecedarios misteriosas liturgias.
¿Por qué callan las lenguas agrestes del crepúsculo?
¿Por qué el cauce de piedra el agua desmadrada
no inmola los demonios la cruz la espada el miedo las alforjas cargadas?
¿Por qué calla el oráculo su náusea tenebrosa?
¿Por qué no alza el subsuelo la voz de sus volcanes?
¿Por qué calla la luna?
Los dioses ya no atienden el clamor de los siervos que oficiaban sus ritos que adoraban sus rostros
que alababan sus nombres antes de la desdicha.
No perciben los dioses los ecos angustiados
de incendios estallidos pestilencias matanzas sollozos desamparos.
Los dioses ya no escuchan.

En el nombre del Padre.

De cómo fue que los hombres de la Iglesia debieron doblegar la voluntad de los naturales para cumplir con su misión evangelizadora y salvarles de credos y costumbres paganas.

Lejos quedó el repique de los bronces,
los pulcros pebeteros,
las ojivas,
los sillares,
las gárgolas monstruosas,
el idioma,
los códices,
las claves
para encender metáforas celestes,
anatemas,
urgentes exorcismos,
purgatorios,
flagelos,
misereres,
solemnidad de manos celebrantes.
Lejos
maitines,
mortificaciones,
cilicios,
ciegas llagas,
penitencias,
ascetismos rotundos,
misticismos,
nazarenos,
basílicas,
rituales.
Lejos están.
Aquí nace el olvido
y nace la extensión del desamparo
y Dios escupe su silencio enorme,
su silencio magnífico,
salvaje,
exigiendo,
tenaz,
las agonías,
los diezmos de castigo,
las hogueras,
autos de fe,
bautismos,
conversiones,
apneas de dolor indispensable
que alcen la eternidad de su Palabra
en esta obscenidad donde el pecado
se aferra a su herejía irreverente
sin proclamas,
sin truenos,
sin arcángeles.
En el nombre del Padre,
huella a huella,
una sobrepelliz de absoluciones
patrocina atropellos que destruyen
las delgadas compuertas de la sangre
cuando estalla el desprecio
o la lujuria
recorre con falanges minuciosas
las membranas viscosas,
las abyectas
regiones de la piel y su paisaje
tornando imprescindible alzar su signo,
instituir la verdad,
el Santo Oficio,
la furia de los justos,
el garrote,
la sedienta impiedad de los puñales.
Porque el viento no puede con la sombra
ni se atreve al fracaso
ni consiente
cayados inseguros
ni cuestiona
evangelios de amor inexorable...
pero en el bosque duro,
en las umbrías
donde la luz llovizna cada ausencia
solloza
el alma
su pulida pena
lejos de las antiguas catedrales.

Castigo.

Canto de luz por nuestro Señor Wiracocha (Poder sobre las sombras, Padre de las estrellas, Hacedor de los Cóndores) para que nos libere del viento y su avaricia.

¡Oh Señor Wiracocha
Poder sobre las Sombras!
Protégenos del viento que profana tu rostro
que escarnece tu imagen para que no imploremos por tu enojo rotundo como cada solsticio
que degrada tus templos para que no iniciemos a paso de tortura el fulgor del espanto.
Derrota con un soplo a ese dios sin corona
sometido a la injuria a la tristeza amarga a las duras espinas al castigo insolente.
Revélale tu alegre cetro de plumas finas
trenzado por serpientes
entre las hojas nuevas donde estalla el misterio de pétalos descalzos.
¡Oh Señor Wiracocha
Padre de las Estrellas!
Ocúltanos del viento que quebranta colmillos
que cercena las lenguas para que no invoquemos la actitud impiadosa de tu cólera muda
que mutila los códices para que no instauremos la memoria amarilla de la hoguera y los coágulos.
Domina con un puño a ese dios en jirones
cautivo de sus clavos de su sed inclemente de sus hondas heridas de sus crueles maderos.
Exhíbele tus ricas vestiduras tejidas por las vírgenes ciegas
en los altos telares donde el metal enciende corredores dorados.
¡Oh Señor Wiracocha
Hacedor de los Cóndores!
Libéranos del viento que castiga mejillas
que flagela los párpados para que no exijamos tu voluntad de furia tatuada en las lancetas
que fustiga las pieles para que no fundemos entre hilachas de muerte su reino de epitafios.
Destroza con un gesto a ese dios moribundo
doblegado por látigos estrictas deslealtades ordenanzas terrestres estertores patéticos.
Preséntale sin pausa tu autoridad silvestre
tu dominio del trueno de la savia del polen de la luz en el alba
de los quietos ocasos.
Que le impidan la marcha los zarzales desnudos
que los ríos ericen con saña inexorable los cauces del silencio
hasta acallar su sangre su corazón hereje su tropel de palabras
que le nieguen las huellas sobre antiguos senderos
largos velos de noche rozando los peñascos.

Cuando la sombra acecha.

De cómo fue que Huáscar, hijo de Huayna Capac, hermano y cautivo de Atahualpa, presiente llegada su hora en la prisión de Cajamarca, en el Año del Señor de 1531.

El susurro desciende imperceptible,
vaga de piedra en piedra,
rueda,
cae,
se levanta otra vez,
gime,
furioso,
sisea entre los labios,
se detiene;
entra con pies de musgo en los silencios,
derrota a la vanguardia del espanto,
persuade,
avanza,
instiga a la venganza,
urde destierros duros,
inclementes.
Huáscar escucha al viento
(en los hachones
donde el fuego exorciza oscuridades)
pronunciando su nombre,
conmoviendo
espesuras de oráculos dolientes;
cuando decreta el hierro empalizadas,
la locura su oficio de aguijones
y se desbocan lunas maliciosas
o jaurías de insomnios
o estiletes.
Huáscar presiente el miedo,
en la distancia
donde Atahualpa,
solo,
acorralado,
deambula,
con sigilo de jaguares,
por las escarpaduras de la fiebre
y encomienda a ralea de relámpagos
inmolar toda voz,
todo reclamo,
todo baluarte de poder congénito,
toda temeridad desobediente.
Huáscar huele a traición,
huele a perfidia,
a concilio de sórdidos verdugos,
a angustia,
a adversidad,
a encrucijada,
a escudillas de hediondas intemperies,
a estirpe interrumpida,
a edades rotas,
a despojo,
a crueldad,
a intolerancia,
a raciones de hirsutos estupores,
a sangre yerma huele,
huele a muerte.
Huáscar habita el fin,
muerde derrotas,
no puede,
por más tiempo,
ser muralla
contra el asedio de odios y presagios
que sustenta castigos,
que promueve
la incertidumbre invicta del abismo,
un plazo perentorio,
un vuelo en falso
y esas fauces de eclipse,
esas quijadas
que exilian las auroras para siempre.
Su corazón,
a golpes de tristeza,
establece naufragios,
exterminios,
predios de horror,
ausencias desprolijas,
mientras la sombra,
nada más,
sucede.

Dinastía.

Canto de sombra por los guerreros muertos defendiendo la estirpe de los reyes Yupanquis.

Dinastía del Trueno
Linaje de la Aurora
Estirpe Primigenia en el advenimiento de todos los presagios
savia de Manco Cápac y la Madre Fecunda que establece en los surcos las mazorcas preñadas de harina redentora
harina amaneciente nacida de los soles
el joven Huáscar lucha por valles por quebradas
por los desfiladeros donde el Gran Atahualpa ruge su rebeldía disemina emboscadas
arrasa territorios de furia inagotable con un odio a destajo
que prescribe prisiones contra su propia sangre
contra su propio nombre.
Borracho de combates desnudo de indulgencia
agrieta las esclusas de impetuosas arterias
que derraman la vida como llovizna ciega sobre las desdentadas fauces del exterminio
sobre los insepultos ramilletes de huesos que fundaron su muerte lejos del horizonte.
Hermano contra hermano más allá de los sueños
más allá del olvido
más allá de las voces que inscriben sus hogueras
de los rostros antiguos que poblaron el mundo cuando el inca era apenas un resplandor callado
un vértigo de estambres
un enigma creciendo hasta llegar al hombre
y el maíz la promesa de pan deshilachado que trepaba en el hambre con su gesto amarillo
su ademán congregante de fécula nutricia
y aún eran propicias las huellas en el polvo los furtivos perfiles
las hebras desgarradas entre húmedas gramillas
el olor de los dioses.
Hermano contra hermano dando ligeras vueltas en su danza macabra
mientras el viento extraño el que nunca se sacia el que mancilla todo:
templos doncellas códices imperios extendidos
aguarda entre las sombras con sus dedos voraces con sus dientes oscuros con sus ojos ladrones.
Aguarda entre la sombra por los sobrevivientes de la guerra y las pústulas
proyectando corceles incendios armaduras jaurías de puñales patíbulos sin tregua
hasta encontrar el brillo
el infierno que pulsa bajo la piel del oro
hasta encontrar su tiempo de injurias y traiciones.

Caxamarca.

Canto de sombra por los jóvenes príncipes que ahogaron con su sangre las piedras emboscadas.

Caxamarca es el sitio.
Desde la costa llega ese bestial aroma de músculos hostiles de ijares sudorosos de belfos impacientes
ese fragor distante hollando los insomnios de los nobles señores y sus dulces hermanas
ese estruendo de cascos profanando la hierba
atravesando todo el llano absolutista con su pulso de sombra
franqueando los torrentes paridos por los muslos salvajes de la nieve
aventurando esfuerzos entre las cicatrices de tajante exterminio
que esculpen los subsuelos con el cincel quemante de su quemante urgencia.
Caxamarca es el sitio.
Aquí el Gran Atahualpa
Señor indiscutido de las Cuatro Regiones
reposa del combate de las largas fatigas de los nombres que insisten en alterar su sueño
aguarda por los diablos de barbas aceitosas que vomita el océano desde sus madrigueras.
Aquí la culpa fragua prisiones de silencio
porque nada presagia ni el dolor insolente ni las cruces desnudas ni la muerte sin pausa.
Sólo el Tahuantisuyo escruta entre peñascos indaga entre vertientes
con los párpados secos de los padres antiguos agrietando la ausencia.
Caxamarca es el sitio.
Cercado por los muros de la plaza vacía
apenas un puñado de andrajosa intemperie sediciona traiciones
apenas un puñado de intemperie compacta aniquila sus miedos a punta de avaricia
apenas un puñado de intemperie mugrienta
apenas un puñado de completa intemperie
acechando este reino de atmósfera escarpada de dioses bienhechores de fronteras espléndidas de furias en menguante
donde los harawicus engendran su alfabeto de júbilo encendido de pan hospitalario de alabanzas labriegas.
Caxamarca es el sitio donde el odio prepara imágenes doctrinas de seca intolerancia
y los filos aprontan sus estocadas ciegas
su suerte inexorable sus pulcras agonías
y la sangre sucede como sucede el aire
como sucede el trino la lluvia las cosechas...

Muro.

Canto de sombra por la ardiente vergüenza del Príncipe Atahualpa aguardando su muerte en lo alto del silencio.

El muro es algo más que piedras y argamasa
el muro es una afrenta
la desmedida injuria de tatuar esa línea de sangre acantilada
de ultrajes insolentes de sucias deslealtades de terribles agravios
esa línea que exige los fulgores que el oro encrespa en sus infiernos
mientras inicia el Inca su soledad salvaje en las altas moradas donde el amor no existe
y la codicia escupe su ingente alevosía
y la traición aguarda por el parto amarillo de las grietas terrestres
y el enemigo amarra su altiva indiferencia con cerrojos de hierro
mientras recoge el pueblo
la ofrenda que demandan las gargantas del viento por los despeñaderos
el pago que amamanten faltriqueras voraces
el rescate pactado a cambio de su vida
de esa noble arrogancia que establece la estirpe de los hombres Yupanquis en la orilla del tiempo.
El muro es algo más que piedras y argamasa
el muro es un destino de pena intransferible de oscuras confusiones
de párpados abiertos a la noche que ocurre al oprobio que crece a la ausencia que irrumpe con sus pasos de culpa
el muro es un destino de inclemencia sin sueño
mientras anda el avaro escribiendo su crónica de números prolijos
mientras pasan las cruces enmudeciendo leyes costumbres silabarios a golpes de mordaza
mientras sigue el soldado cometiendo puñales perjurio vejaciones cenizas devorantes coágulos de silencio
mientras el carcelero empuña delaciones como si fueran cuerdas circundantes ciñentes exacerbando instantes de asfixia ineludible
mientras vaga Atahualpa a puro desconcierto
por las sendas hostiles de los interrogantes de la duda implacable del odio a contrafilo
mientras el agua rueda sus rituales de sombra
usurpándole el nombre que heredó del torrente cuando la luz nacía entre verdes tinieblas
y su muerte es un crimen un delito infamante
una ardiente vergüenza
cayendo hacia la entraña de la madre que llora con sus ojos de fuego.

Todo nace a la muerte.

De cómo fue sometido Atahualpa el rey de los incas a consejo de guerra, sentenciado de muerte, bautizado y estrangulado en la prisión de Cajamarca el 29 de agosto de 1533.

Agosto se desnuda en Cajamarca.
En la escarpada soledad andina
galopan los caballos de la nieve
sobre aras
y verdugos
y venenos.
El inca.
El inca.
Apenas una sombra,
un escozor,
una fatiga larga,
una esperanza frágil,
confinada
a la tribulación del cautiverio,
entra en la longitud de la distancia
para asumir un resto de horizonte
que lo exima de cruces,
servidumbres,
rescates compulsivos,
odios,
miedos.
El inca.
El inca.
Apenas una huella
en los tembladerales de la duda,
obstina empalizadas,
patrocinios,
pertinacia de asilos,
manifiestos
contra el rostro elocuente de la furia
oculto entre solemnes contadores,
frailes de poca monta,
juicios,
preces,
asechanzas,
cuchillos,
evangelios.
El inca.
El inca.
Apenas un olvido,
un insomnio de lunas amarillas,
solloza,
a tientas,
junto a las almenas,
suministra las llaves del saqueo
y acepta su ración de veredictos
mientras,
por la espesura de la noche
se amartillan tragedias,
delaciones,
sórdidas imposturas,
parlamentos,
testimonios de agreste idolatría,
rebeliones,
amores incestuosos,
potestad arbitraria,
fratricidio,
sospechas de cenáculos secretos.
Cuando Valverde:
oscuro,
enajenado,
bendice el agua,
expulsa a los demonios
y escoge,
entre los nombres,
el que nombra
esa máscara azul que está naciendo
de la cuerda,
del palo,
del suplicio,
de agonías sin tregua,
de emboscadas,
de jaurías de luz catequizantes,
azuzadas a edictos por el viento...
en la pulcra quietud de la tristeza
alza
Atahualpa
su perfil de abismo
consintiendo en parir su propia muerte
desde heladas matrices de silencio.

Vísceras.

Canto de luz por las vísceras sangrantes con que los enemigos delatan sus traiciones en cualquier callejuela.

Lo que queda del hombre en la orilla del tiempo
disputa las riquezas la tierra las mujeres los presidios urgentes los solemnes verdugos las vísceras exangües
extermina su estirpe de avaricia desnuda en medio de traiciones certeras emboscadas aceros alevosos.
Lo que queda del hombre en la orilla del tiempo
lo que queda del hombre y sus hondas plegarias
sus amores adustos sus vástagos prohibidos su latrocinio espeso su estricta eucaristía
querella cada tumba cada honor cada sueño cada costal de gloria cada zurrón de insomnio
y niega el veredicto de las hachas de fuego que amputan el pecado a golpe de indulgencia
y niega la liturgia de los huesos que estallan en la nuca del miedo
y niega la condena de andar entre las fiebres a pura intolerancia
y niega los delirios
y niega los sollozos.
En cualquier callejuela de noche perentoria rincones con sigilo esquinas embozadas
merodea la muerte con sus uñas de eclipse
con su oscuro derrumbe de carnes ofendidas
mientras rueda la luna sobre los estertores la sangre a la deriva los muñones de asombro
mientras la luna rueda sobre las cicatrices de gangrenas dolientes
mientras los Poderosos les quitan el aliento por las bocas sumidas en la extensión del grito
les impiden que fragüen la mínima esperanza de habitar en su reino de mazorcas preñadas de fulgores indómitos
agitan las sonajas conjurando una lluvia de martirios azules
que calme a borbotones su insolente apetencia su gula advenediza su sed nunca saciada
cantan se regocijan danzan entre los coágulos
se beben a hurtadillas – desde cráneos blanqueados – la fiereza del odio.
Derrotados
vencidos por henchidas hogueras de lenguas roedoras astucias necesarias
jaurías de siniestros mastines cazadores
ordenados patíbulos donde el silencio nace donde el silencio crece
columpian en el viento sus andrajos de ausencia
como frutos hediondos.

A golpe de puñales.

De cómo fue estrangulado en prisión Don Diego de Almagro por orden de los hermanos de Pizarro y luego trasladado su cadáver a la plaza de Cuzco para que el verdugo le cortase la cabeza el 8 de julio de 1538.

Todo es silencio en Cuzco,
la tragedia
florece como un lirio temerario
por pasos cautelosos,
por susurros,
por negros disimulos,
por umbrías
donde alza la traición sus estandartes
de condena impetuosa
y anda el viento
legitimando afrentas,
extendiendo
el lenguaje brutal de la codicia
y la impiedad.
Todo es silencio en Cuzco.
En este infierno donde el abandono,
la usurpación,
el pulcro anonimato,
las penurias,
los cepos,
la osadía,
a golpe de puñales y celadas
diezmaron los ejércitos de Chile,
el prisionero,
con la vida a cuestas,
abdica,
contundente,
a cada brizna
de plegaria
o reclamo
o privilegio
que lo exculpe de andar por los presagios
y páramos de sombra desmadrada
y ramajes de furia fratricida.
Porque tuvo
tal vez
sólo el espanto
como herencia implacable,
como yugo
y un puñado de duras cicatrices
renunciando a pactar con la agonía.
Porque tuvo
tan sólo
alguna hirsuta
intención de caricia,
en la distancia
y una ausencia de nombre y alfabeto
embistiendo el secreto que lo implica.
Diego de Almagro,
con la sangre a cuestas,
por los desfiladeros de la angustia,
se encamina
sin más
hacia el cadalso
mientras la muerte,
toda alevosía,
se desnuda,
sensual,
desvergonzada,
para que él la penetre,
palmo a palmo,
expósito,
otra vez,
de tanto agravio,
tanto infortunio,
tantas injusticias
y tantas coordenadas miserables.
Todo es silencio en Cuzco.
En el silencio
se descerrajan filos,
estertores,
sonoridad de apneas desprolijas,
vendavales de coágulos,
liturgias
donde la muerte,
en cópula salvaje,
lo lanza a sus oscuros paroxismos,
lo envuelve,
lo estrangula,
lo derriba.

Desde el odio insumiso.

De cómo fue asaltado, herido y rematado Don Francisco Pizarro a mano de un grupo de conjurados partidarios de Almagro en su palacio de Lima el 26 de junio de 1541.

El odio llega a Lima.
El odio llega
en las ancas triunfantes del crepúsculo,
merodea por sucias callejuelas
y azuza sus lebreles vengativos
con un dolor que quiebra,
que tritura,
que mutila
y cercena
y despedaza
las texturas compactas del pecado.
El odio tiene dientes amarillos,
tiene gestos de tumba,
tiene pulsos
naufragando en un río de amaranto
que se desborda,
a fuerza de traiciones,
a fuerza de conjuros y homicidios.
A puro invierno y fiebre,
a puro enojo,
a pura sombra calcinando heridas,
a puras hemorragias implacables
rodando a las raíces del delirio,
Pizarro ha claudicado,
como un puma,
como un jaguar de garra encarnizada
que alcanza la espesura de la ausencia
en feroz embestida,
a puro instinto.
Extraviado en su muerte.
Inhabitando
la naciente ebriedad de sus pupilas,
sus sospechas,
sus dudas,
sus asombros,
su barba de geranios desprolijos,
en su palacio de flagrantes culpas
Pizarro ha claudicado.
Es el silencio.
Un calostro de pena desvelada
llovizna,
sin piedad,
sobre el castigo
que lo retiene,
atónito,
inconfeso,
en regiones desnudas,
en submundos
de demencias,
engendros,
pesadillas,
oscuridades,
coágulos furtivos.
El Perú,
dividido en dos espantos,
agazapa secretos,
disimulos,
precipita anarquía de puñales,
opone barricadas al olvido,
y en la montaña,
donde rompe el odio
la compacta estructura del relieve:
el viento,
el viento,
el viento,
el viento,
el viento,
gime entre los abruptos precipicios,
golpea las mejillas de la piedra
con ráfagas de luna
a la deriva
y eriza los patíbulos del miedo,
combatiente,
colérico,
bravío.

Ciudadela.

Canto de luz por las bellas ciudades ocultas a los ojos de los conquistadores entre el altivo mar de cordilleras.

Morada de las águilas.
Bastión donde el crepúsculo reproduce naufragios de proas quebrantadas contra flancos de estrellas
mientras la voz del aire inscribe sus aullidos entre grietas oscuras como fauces de noche
como fauces salvajes devorando sin tregua las pisadas desnudas.
Región donde los vientos tallan las soledades los rostros del sigilo los pómulos terrestres al ritmo de sus ráfagas
donde el polen esculpe la memoria fundante de doradas anteras
y cincela el helecho su reptar armonioso bajo la tolerante mirada de la luna.
Refugio de jaguares.
Punto donde los hombres nacidos del Aliento
tatuaron la promesa de su arcilla inocente sobre el pellejo duro de los duros peñascos
tensando hacia las crestas los telares azules donde el alma entrelaza
las místicas urdimbres de su esperanza pulcra.
Sitio donde los dioses excavaron a pulso la tajante intemperie de los despeñaderos
establecieron ritos liturgias extendidas altares en la piedra
calendarios labriegos para que el hambre calle
para que calle el hambre ante follajes plenos de panojas maduras.
Recinto de los soles.
Ciudadela dormida en la cuna del trueno
en ti el Ande salmodia solemnes alabanzas
a las cumbres que expulsan la pureza del día entre los muslos diáfanos
en ti el Ande custodia las gradas triangulares las sonoras acequias la dulce agricultura
de los ojos malvados de los picos sangrientos de las garras atroces
detrás de las neblinas.
Aquí es lejos la muerte la luz del infortunio los crueles horizontes.
Aquí es lejos el odio y es lejos la desdicha
la vida derramada el humo de la ausencia los filos de la injuria.
Aquí sólo la selva conoce los senderos los rodeos precisos el paso en los breñales.
Sólo el musgo conoce las sílabas del pacto.
Sólo el agua domina el idioma escarpado que estatuye las claves en medio de la aurora
muy cerca del silencio
más allá de la lluvia.

El viento no se rinde.

De cómo fue que la insaciable codicia de los hombres y su sed de aventuras continuó estimulándolos en la búsqueda de nuevas riquezas y conduciéndolos hacia los confines del mundo.

Voraz,
el viento avanza.
Se propaga
tronchando aldeas,
templos,
cordilleras,
con su saña espinosa,
con la furia
de su sangriento látigo de sombra
que inquieta a los mastines del espanto
con silbos agoreros,
que despena
dinastías de soles prisioneros
así,
como al descuido,
como lenguas redondas
desquiciando tragedias,
pesadillas,
vendavales de agudas dentelladas,
torbellinos de infierno,
llagas secas,
jaurías de rabiosas amapolas.
Nada detiene al viento.
Es su destino
desandar los perfiles del paisaje:
demente,
ciego,
sordo,
huracanado,
sin piedad,
sin cautela,
sin memoria...
hasta arribar al filo del relámpago,
a la desnuda piel del exterminio,
al vértigo preciso,
al desencuentro,
al odio intempestivo,
a la deshonra.
El viento es esta ráfaga insaciable
que desgaja
y sacude
y extravía
esa amplitud brutal de la distancia
a ras del polvo,
a penas alevosas
a toda muerte y luto
y no se rinde
ni abdica a la venganza
ni despuebla
madrigueras,
convenios,
escondrijos
ni abandona vehemencias minuciosas.
Nada detiene al viento.
Hacia la hondura
del agua amaneciente,
por terrazas
donde el maíz enciende sus milagros
y desgranan silencio las mazorcas;
bajo estambres de hogueras encrespadas
que violentan el sexo de la jungla
y ultrajan muslos verdes
y profanan
el himen palpitante de las hojas,
el viento avanza en aluvión de fuego,
en dura hostilidad,
día tras día,
encabritando el grito,
conmoviendo
migraciones de oscuras mariposas.
Porque el viento no sabe,
no comprende.
El viento es sólo viento,
es sólo instinto,
es sólo mortandad sin atenuante
consumando el despojo,
dogma a dogma.

Raíces.

Canto de luz por los guerreros guaraníes que se hicieron raíces cortezas espesura defendiendo los hondos secretos de la selva.

¿Qué cautela homicida acontece en las ramas?
¿Quién presagia racimos de asombros degollados abiertos al olvido bajo hiedras espesas?
¿Qué sigilo de puma merodea follajes?
¿Quién vigila los pasos del invasor perdido en las matas hostiles de espinas desveladas
persiguiendo leyendas máscaras deslumbrantes ciudadelas secretas
monumentos fundados por los dioses antiguos cuando el tiempo tenía la edad de los peñascos?
Sólo sucede el río.
Largas lenguas rugientes deshabitando el cauce sobre un abismo ciego.
Sólo sucede el agua.
Sólo el agua cayendo a las duras gargantas
celebrando neblinas orquídeas mariposas crepúsculos violetas.
Sólo sucede el polen oficiando liturgias de incesantes helechos
de herméticas techumbres de riendas vegetales
y la sombra sucede poblada de cigarras.
Sólo sucede el odio escrutando excrementos de las bestias piafantes
escrutando vestigios de la furia insolente con que el viento fustiga escarnece profana el vientre de la selva
en su estupro prolijo de coágulos urgentes de muslos sin cerrojos de piernas amarradas.
Sólo el hombre sucede encendiendo repudios.
Sólo el hombre que acecha con su piel de terrones con sus ojos furtivos con sus gestos descalzos.
Sólo el hombre que vaga los éxodos nutricios.
Sólo el hombre que huella su destino implacable de soles a destajo de lluvias inclementes de continuas distancias.
Sólo sucede el hombre
el hijo de la tierra
del pétalo insurrecto la libertad salvaje las lunas migratorias.
Sólo sucede el mundo del hombre guaranítico:
desvarío de pájaros verde sopor de saurios asamblea de insectos
fogatas tutelares estableciendo cercos al reino de las zarpas.
Sólo sucede el miedo tensando las urdimbres desnudas del presagio
los secos proyectiles malhiriendo impericias que ruedan hacia el útero más frío de la ausencia
expulsando a hurtadillas sus voces sibilantes sus sílabas agudas
sus punzantes sentencias de muertes necesarias.

Hijos.

Canto de sombra por la raza de expósitos nacida a la heredad de los repudios desde gemidos de úteros violados.

Los habita en las venas un grito agazapado
un grito que les llega a través del olvido
desde el dolor el miedo los soles turbulentos
un grito que se expande debajo de las pieles
en la oquedad secreta donde crepita el odio donde estalla la sombra donde cruje el insulto.
Expósitos bravíos mancebos de la tierra identidad de espinas
soledad contundente gestada en borracheras lascivias atropellos
destino mutilado a pura prepotencia de estambres amarillos.
Arrogancia española - resistencia aborigen
mordiendo rebeldías a hurtadillas del orden a escondidas del cepo a espaldas del repudio.
Paridos a la vida en el lugar exacto donde todo sucumbe:
colmenas nervaduras doctrinas esperanzas
donde el amor claudica y claudican los sueños y se abdica al milagro
donde andan las raíces su espacio mutilado
descifrando las claves del silencio que avanza a paso de susurro.
Hijos de la vergüenza
de la carne agrietada a golpe de injusticias a fuerza de despojos
de rituales que ascienden en el semen del aire
a fecundar promesas alianzas celestiales indultos infinitos
de ramajes lluviosos amamantando selvas con gestos de tributo.
Herederos de todo lo que queda de pie después del latrocinio
después de las lujurias que escarnecieron vientres
para fundar sus rostros su corazón ardiente su coraje descalzo
en estas latitudes donde las libertades simplemente suceden como el agua y los frutos.
Herederos de infamias que fundaron los buitres con sus picos de buitre con su saña de buitre en mitad del agravio.
Herederos del viento que desnuda avaricias que desluna violencias que desnuca corolas.
Herederos de nada que no sea distancia
que no sea un rebaño de roídos mendrugos
que no sea un manojo de pupilas impuras
atravesando nieblas con sus párpados mudos con sus párpados ciegos
que no sean astillas de vigilias creciendo en las redes del tiempo
que no sean muñones de nombres harapientos
legados espectrales
salvajes semilunios.

Apenas una lágrima.

Después llegó el despojo.
Después el mundo tuvo nombre y dueño.
Después,
avergonzadas golondrinas bordaron relicarios amarillos
entre los bastidores donde el viento tensaba la nostalgia.
Después cubrió el sigilo migraciones de crótalos tajantes,
turbas de intolerancia a contrafuria empecinadas en ceder indultos a codicias rastreras como hierbas,
a apetencias compactas.
Después llegó la ausencia,
esa yerma orfandad sin atenuantes que hundía los colmillos impiadosos en la médula intacta del silencio,
en la seca sustancia de la angustia,
en la pulpa del alma.
Y a veces
el espanto derramaba ceniza en los rincones para ocultar los rastros de la muerte
que se alejaba,
ahíta de estertores,
embriagada de coágulos morenos,
largamente saciada...
Sobre el lento exterminio
extendieron murallas los secretos,
sofocaron gemidos moribundos con la complicidad del disimulo
como si nadie nunca hubiera sido testigo de la infamia;
como si nadie nunca
hubiera encadenado los sollozos al tributo fatídico de un hambre que atravesó la piel del desamparo a paso de abandonos compulsivos,
a vuelta de mordaza;
como si nunca nadie hubiera denunciado cicatrices entre las soledades agraviadas por tanta cacería inexcusable,
por tantos espinosos latrocinios,
por tanta empalizada.
Así se delinearon
las duras coordenadas del olvido en esta longitud de la deshonra,
en esta latitud de la desdicha donde la dinastía de la tierra obtuvo sus hilachas;
donde el reino vencido recibió su racimo de escorbuto,
su cuota de sermones desdentados, su alfabeto descalzo, su infortunio,
sus mendrugos de vida a la intemperie,
su urgencia de cucharas.
Así llegó a mi mundo este agreste cuaderno de bitácora
apenas un susurro acongojado desciñendo su voz sobre los nombres,
las fechas, las leyendas, los caminos,
los sueños, la esperanza;
apenas un susurro,
un ademán de pena redentora congregando las voces espectrales que se dejan oír en la alta noche
donde espesos murciélagos de sombra despliegan su acechanza;
apenas un susurro,
una actitud de fraternal congoja por tantas injusticias a destajo,
por tanto apasionado desencuentro,
por tanta hipocresía vindicando la sangre derribada;
apenas un susurro
perdido en la espesura de los tiempos
como en enmarañados laberintos de nocturnas cavernas palpitantes
apenas un desnudo balbuceo...

apenas una lágrima.

Órden del libro.

Presentación
Palabras bautismales.
Destierro a la esperanza.

De cómo fue que la sangre aventurera de los hijos de Castilla hacinábase en los puertos presta a embarcar con rumbo a lo desconocido, en las postrimerías del año 1493.
Sacrificio.
Canto de sombra por los duros presagios que preocupan el rostro de nuestro muy amado Moctezuma Señor de los aztecas.
Presagio.
Canto de sombra por los duros presagios que preocupan el rostro de nuestro muy amado Moctezuma Señor de los aztecas.
Un miedo inexorable.
De cómo fue que el miedo hacía presa del espíritu de los navegantes mientras cruzaban el océano en la oscura bodega de los barcos que los conducían a un continente desconocido.
Quetzalcoatl.
Canto de luz por el retorno del Gran Dios Quetzalcoatl en extraños navíos a la orilla del mar de los aztecas.
Doncellas para el trueno.
De cómo fue que los caciques de Tabasco ofrendaron doncellas para servicio y deleite de los dioses en estos territorios olvidados del ojo del Señor mientras transcurría la primavera de 1519.
Malintzín.
Canto de sombra por la princesa Malintzín que traicionó a su raza a cambio de un puñado de caricias.
Navíos al crepúsculo.
De cómo fue que el Eximo. Señor Fernando Cortés de Monroy evitó que los hombres desertaran de su lado y regresaran a Cuba luego de la fundación de Veracruz.
Viento.
Canto de sombra por el silencio de los Protectores ante el paso del viento.
La ciudad en el lago.
De cómo fue que las pupilas españolas se enfrentaron por vez primera con la ciudad mayor de los aztecas a las orillas del lago Texcoco el 8 de noviembre de 1519.
Hombres.
Canto de luz por las zarpas desnudas de la muerte que hurga en los atavíos de metales hasta encontrar la sangre.
A través de la estirpe.
De cómo fue que Moctezuma, emperador de Méjico, tuvo sueños premonitorios que auguraban el fin para su pueblo en tiempos del regreso del gran dios Quetzalcoatl.
Guijarros impacientes.
De cómo fue que Moctezuma, herido a pedradas por sus súbditos negóse a recibir alimentos hasta fallecer en su palacio mejicano el 30 de junio de 1520.
Guerreros.
Canto de luz por los poderosos guerreros que cosechan corolas palpitantes para el hambre del fuego.
Crímenes en la noche.
De cómo fue que los soldados españoles se vieron obligados a evacuar la ciudad de Méjico siendo perseguidos, capturados y masacrados por los naturales en la lluviosa noche del 30 de junio de 1520.
Tiempo.
Canto de luz por los hombres sagrados que entienden el idioma del tiempo y los eclipses.
La cuna del misterio.
De cómo fue de penosa la marcha a través de la selva hacia las ricas ciudadelas y los incontables peligros que acechaban a los hombres en la península de Yucatán.
Obsidiana.
Canto de luz por los altivos sacerdotes que interpretan a fuerza de obsidiana las descarnadas voces de los coágulos.
Silencio en los cenotes.
De cómo fue que los salvajes tenían por costumbre pintar de azul el cuerpo desnudo de sus prisioneros para arrojarlos con vida a la hondura de sus pozos o cenotes.
Orfebres.
Canto de luz por los modestos artesanos que amalgaman las lágrimas del oro en el advenimiento de las máscaras.
Un reino minucioso.
De cómo fue que con la ayuda de Dios el Capitán Francisco de Pizarro emprendió la subida de los Andes a la cabeza de su fuerza en busca del tesoro de los incas.
Maíz.
Canto de luz por los altos labriegos que tributan plegarias y sudores a la antigua memoria del maíz.
Colmillos clandestinos.
De cómo fue que el sacrificio, las privaciones y los padecimientos endurecieron el alma de los soldados españoles forjando lo intrépido y osado de su temperamento.
Bolsas.
Canto de luz por los Benefactores que despliegan sus duras estrategias para ocultar vestigios de los hombres a los ojos del viento.
Región de ventisqueros.
De cómo fue que después de sangrientas luchas, penosas marchas, climas adversos y hambre el Adelantado Don Diego de Almagro comprueba que los territorios que le adjudicara la corona no guardaban mayores riquezas.
Turbas.
Canto de sombra por la complicidad con que los dioses ignoraron los ruegos de los Hijos del Sol.
En el nombre del Padre.
De cómo fue que los hombres de la Iglesia debieron doblegar la voluntad de los naturales para cumplir con su misión evangelizadora y salvarles de credos y costumbres paganas.
Castigo.
Canto de luz por nuestro Señor Wiracocha (Poder sobre las sombras, Padre de las estrellas, Hacedor de los Cóndores) para que nos libere del viento y su avaricia.
Cuando la sombra acecha.
De cómo fue que Huáscar, hijo de Huayna Capac, hermano y cautivo de Atahualpa, presiente llegada su hora en la prisión de Cajamarca, en el Año del Señor de 1531.
Dinastía.
Canto de sombra por los guerreros muertos defendiendo la estirpe de los reyes Yupanquis.
Caxamarca.
Canto de sombra por los jóvenes príncipes que ahogaron con su sangre las piedras emboscadas.
Muro.
Canto de sombra por la ardiente vergüenza del Príncipe Atahualpa aguardando su muerte en lo alto del silencio.
Todo nace a la muerte.
De cómo fue sometido Atahualpa el rey de los incas a consejo de guerra, sentenciado de muerte, bautizado y estrangulado en la prisión de Cajamarca el 29 de agosto de 1533.
Vísceras.
Canto de luz por las vísceras sangrantes con que los enemigos delatan sus traiciones en cualquier callejuela.
A golpe de puñales.
De cómo fue estrangulado en prisión Don Diego de Almagro por orden de los hermanos de Pizarro y luego trasladado su cadáver a la plaza de Cuzco para que el verdugo le cortase la cabeza el 8 de julio de 1538.
Desde el odio insumiso.
De cómo fue asaltado, herido y rematado Don Francisco Pizarro a mano de un grupo de conjurados partidarios de Almagro en su palacio de Lima el 26 de junio de 1541.
Ciudadela.
Canto de luz por las bellas ciudades ocultas a los ojos de los conquistadores entre el altivo mar de cordilleras.
El viento no se rinde.
De cómo fue que la insaciable codicia de los hombres y su sed de aventuras continuó estimulándolos en la búsqueda de nuevas riquezas y conduciéndolos hacia los confines del mundo.
Raíces.
Canto de luz por los guerreros guaraníes que se hicieron raíces cortezas espesura defendiendo los hondos secretos de la selva.
Hijos.
Canto de sombra por la raza de expósitos nacida a la heredad de los repudios desde gemidos de úteros violados.
Apenas una lágrima.

Música

Acerca de la autora

Acerca de la autora
Exconvento de los Siete Principes - Casa de la Cultura Oaxaqueña (México) 2004

Biobibliografía

Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".

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